Carta rectificadora de un embuste histórico

Nota de la Redacción: Durante los últimos días hemos venido publicando, en la Sección “Mis Buenos Días”, los pareceres de distinguidos lectores sobre un tema histórico tan importante como lo fue la Batalla del 30 de Marzo de 1844.

La discusión ha adquirido un carácter académico que requiere más espacio del que puede brindar la citada columna periodística, por lo cual la hemos mudado al espacio más amplio que ofrece esta página dedicada a acoger las colaboraciones de nuestros articulistas.

A continuación la carta sobre ese tema dirigida al director de EL DÍA por el periodista Ubi Rivas.

Querido hermano afectivo de siempre;

Nueva vez el deber moral por la rectificación histórica me conduce a ocupar tu muy leída columna para reiterar los términos de mi tesis alusiva a la falacia de la inexistente “batalla” del 30 de marzo, en esta ocasión en respuesta a la misiva del reputado historiador santiaguense Juan Daniel Balcácer en su columna de ayer.

La lógica, esa disciplina del pensamiento que trataron como ninguna referencia análoga los filósofos de la antigua Hélade, se define, conforme el Diccionario de la Lengua Española, edición 2001, página 1396, de esta manera;
“La que admite una cierta incertidumbre entre la verdad o falsedad de sus preposiciones a semejanza del raciocinio humano. Disposición natural para discurrir con acierto sin el auxilio de la memoria”.

La lógica, querido Rafael, fue lo que me condujo, como el hilo de Dédalo para accesar al Minotauro y eliminarlo, para desmitificar la falacia de la “batalla” del 30 de marzo de 1844 a la orilla del entonces poderoso río Yaque del Norte, en cuya orilla occidental se detuvo el general Jean Louis Pierrot al frente de una turbamulta que se decían soldados, para nada entrenados para ese concepto, pero una turbamulta impresionante de unos diez mil individuos.

Las tropas dominicanas apostadas a la orilla oriental del Yaque del Norte que se aprestaban a enfrentar, detener y derrotar al intruso invasor comandadas por el general francés José María Imbert y secundado por el general Fernando Valerio, al avistar a aquella tromba humana ipso facto concibieron la imposibilidad de vencerla, y el general Imbert, reitero, acudió al ardid de avisar con un emisario al general Pierrot que el general Charles Hérard Ainé había perecido en la batalla del 19 de marzo en Azua, once días antes, que aunque hubiese partido un emisario raudo desde ese momento, no negociaría esa distancia en ese tiempo, que ahora se consigue en cuatro horas.

En esa “batalla”, refieren los novelescos historiadores, hubo 800 muertos y ningún dominicano, otra versión irracional, ilógica, inadmisible.

Repito que el general Pierrot, al recibir el mensaje, acicateado por la ambición de poder que obnubila y pierde a los hombres, entendió que nada hacía en Santiago y picó grupas hacia su país con la ilusión de sustituir a Hérard. El general Pierrot nunca se refirió a ese episodio.

La reiteración de los historiadores en avalar este embuste histórico que contamina y adultera la verdad histórica es uno de los pecados capitales de no honrar a Clío, y así se mantiene en secreto hijos que no llevan el apellido de sus legítimos padres, como acontece con los casos del poeta santiaguense Francisco Benjamín Guzmán Garrido, que se afirma era hijo del historiador Pedro Archambault; Ramón Emilio Jiménez que era hijo de Jesús Cordero y Patricia Escobosa y adoptado por los esposos Francisco Antonio Jiménez y Quintina Pérez, que le dieron sus apellidos; igual dos historiadores, uno de los cuales se dice es hijo del generalísimo Rafael Leonidas Trujillo y otro del político trujillista Luis Mercado y de Lidia Balaguer, que no era hija de Joaquín Balaguer Lespier y le dio el apellido, quien fuera esposa del eminente médico y escritor Francisco Eugenio Moscoso Puello.

Toda la parafernalia de la falacia macondiana de la “batalla” del 30 de marzo de 1844 está descrita en mi libro “500 años de Santiago de los Caballeros, el primer Santiago de América”, que pondré a circular en mi amada ciudad natal el próximo junio, luego de diez años de estudios.

En 1957 el generalísimo Rafael Leonidas Trujillo propició una encuesta relacionada con el general Pedro Santana que fue publicada en “El Caribe” y recogió en dos folletos mi dilecto amigo desaparecido el historiador santanista Manuel de Jesús Goico Castro, que conservo dedicado, en la que concurrieron los más superbos historiadores del país.

Es lo que sugiero ahora propicie Efemérides Patrias que conduce con criterio profesional Juan Daniel Balcácer, o el Ministerio de Cultura, para diafanizar la verdad de la “batalla” del 30 de marzo de 1844.
Gracias por tu benevolencia, y concluyo. Afectos impertérritos de medio siglo,
Ubi Rivas.

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