Haters
Uno de los pasatiempos del dominicano es criticar. Vamos seamos sinceros, así es. La sublimidad de permitir que cada quien haga lo que quiera y como quiera en los límites de lo legalmente permitido no es nuestro fuerte.
Desde lo absolutamente mundano como acabar con la forma del vestido de una contertulia en una fiesta o evento, hasta criticar el diseño de una estructura arquitectónica, porque debieron pintarla de otro color, nos divierte, y en el fondo es nuestro derecho, se llama libertad de expresión, la misma que permite diferentes puntos de vista a través de este espacio.
Ahora, donde se paran las aguas es en la política. Sin duda ahí es que somos unos duros, parece que el no haber podido criticar durante treinta años nos lo estamos cobrando con intereses.
Existiendo tantas y tantas opiniones lo aconsejable sería prestar atención a las que se sustentan en argumentos, de hecho la capacidad intelectual de el que emite un juicio se puede determinar por la forma en que lo hace; el simple insulto, descalificación o denigración es muestra de minusvalía cerebral y más aún de raquitismo ideológico.
Las posiciones se basan en datos, hechos, proyecciones, etc. En fin, no en la percepción personal de un individuo sea quien sea. Desde el más académico hasta la meretriz que ofrece su cuerpo a cambio de recursos o favores, tiene credibilidad cuando sostiene sus expresiones a lo que se puede comprobar.
El compromiso de verter una opinión que puede ser leída por miles de personas, nos debe obligar a utilizar el cerebro aunque sea en el instante que redactamos y no simplemente conformarnos con que la cabeza sea portadora del pelo. Hay que estar claro que es imposible que todos coincidan con lo que expresaremos, pero por lo menos, se reconocerá que la labor de pensar fue realizada, no importa lo mediocre del resultado.
Cuando ya sea una constante la crítica y/o sea evidente la parcialización, quizás por fanatismo o quizás por ser asalariado, y sobre todo no se aporte solución, estaremos entonces, frente a un fenómeno ya debidamente identificado.
Una definición que encontré en la web retrata la personalidad de estos individuos: Es una persona mediocre que ha optado por atacar con los medios a su alcance un evento o logro que es incapaz de reconocer. Detrás de todo odiador hay algún tipo de patología (problema psicológico o trauma), una proyección de la propia frustración o, dicho de otra manera, un odiador es un envidioso vocacional que necesita menospreciar la existencia ajena probablemente para sentir más valor en la suya…..Esta actitud encierra algún tipo de complejo que los lleva a pensar que son fuertes sí critican a los demás con frases insultantes. Sólo es un gran caparazón a un mar de debilidades.
Odiador, aborrecedor, sería la traducción en castellano de algo que cada vez observamos con mayor frecuencia y que no aporta absolutamente nada. Se multiplican e irradian su negatividad, vomitando su vacío interior.
Aspiro a no coincidir en mis espacios de reflexión con gente así.
En inglés le llaman Haters.