La dicha carioca

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Marcelo Odebrecht, el fundador, impregnó en su empresa la política de la cotorra, que “comía y boroneaba”, lo cual le facilitó convertirse en la empresa constructora más grande de América Latina.

Más que generosa al repartir, se distinguía por su inteligencia al dar. Ponía sus huevos en las canastas de quienes tenían poder de decisión en los países donde entraban.

El primer chorro de dinero lo abrió en la República Dominicana antes del año 2000 y lo mantuvo abierto hasta después de estallar el escándalo que hoy ha convertido el nombre Odebrecht en sinónimo de corrupción.

Sus principales ejecutivos fueron procesados en Brasil por el caso de corrupción que se originó en Petrobras.

El mismo Estado brasileño se dio cuenta que sus cimientos podían caer junto con Odebrecht, lo que podría ser la explicación de su empeño por tirarle un salvavidas.

Las autoridades brasileñas promovieron que otros países, donde Odebrecht auspició actos delictivos al pagar sobornos, llegaran a acuerdos con la empresa para excluir de los procesos a sus ejecutivos.

La excusa es que ya habían sido procesados en Brasil, como si se tratara de los mismos hechos (que no los son, aunque se parezcan).

No veremos en el banquillo dominicano a nadie hablando portugués, aunque estas fueran las manos que movían una cuna muy habitada.

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