Jueves, 20 de septiembre, 2018 | 4:20 am

Falta de confianza en la democracia



Hace unas semanas volvieron a saltar las alarmas en la opinión publicada, que es distinta de la opinión pública, por la erosión de la confianza en la democracia.

Es un hecho recurrente, pero en esta ocasión su detonante fue la divulgación de un estudio conforme el cual los jóvenes dominicanos son tolerantes con la idea de una dictadura.

Casi inmediatamente empezó la rasgadura de vestiduras y los lamentos por la poca confiabilidad de nuestros jóvenes.

La recurrencia de esta reacción demuestra la ceguera de ese sector de nuestra sociedad que logra que los medios de comunicación reflejen sus posturas y las hagan pasar por opinión generalizada de los dominicanos.

Empeñados en no salir de sus burbujas, se han convencido de que su realidad es común a todos los dominicanos. Olvidan que los juicios sobre las instituciones públicas los hace cada dominicano desde sus circunstancias.

Y lo cierto es que “democracia” no significa lo mismo para quien tiene resueltas sus necesidades básicas que para quien no las tiene. O para quien recibe un trato digno del Estado que para quien es maltratado por éste.

Los jóvenes dominicanos sufren en forma desproporcionada el peso de un sistema económico en el que las relaciones sociales son más importantes que el esfuerzo o la capacidad de aportar, y en el que las grandes mayorías nacen en una condición de pobreza de la que es casi imposible escapar.

Pero, sobre todo, un sistema en el cual no se permite desarrollar ni aprovechar las virtudes individuales, ni tampoco cuestionar este estado de cosas. Un porcentaje estratosférico de jóvenes no estudia ni trabaja. Eso no es un fracaso personal, sino un síntoma de una sociedad que no apuesta a ellos.

Si queremos que los jóvenes dominicanos confíen en la democracia, tenemos que ponerlos a trabajar para ellos.

La precariedad, la falta de servicios y la arbitrariedad son la carta de presentación de nuestro sistema democrático ante la mayor parte de los jóvenes.

No es de extrañar, entonces, que empiecen a darle la espalda. Ganar su confianza implica atender sus necesidades básicas, ampliar los servicios sociales que reciben y permitirles progresar material y socialmente sobre la base de su propio esfuerzo. Aunque a algunos nos asombre, la democracia es una calle de dos vías y no cabe esperar que el tránsito circule en una sola dirección.

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