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Yacimiento arqueológico

El trabajo arqueológico es interesante. Inicia con teorías y termina en el público para la exposición de los materiales. Las osamentas y artefactos de un yacimiento pasan por una fase de estudio, y los arqueólogos se apoyan en un equipo técnico. El problema es la urgencia de tener más arqueólogos titulados, y lograr el involucramiento de nuestros estudiantes de antropología.

El proceso colonial del pasado con el presente debe empezar por preocuparnos por introducir la arqueología como una disciplina social, cuya utilidad es inherente al desarrollo histórico, que a la par de su objeto (“la cultura material de los pueblos”), y que, a pesar de que hay mucha información documental o histórica, somos deficientes en la construcción de una metodología que nos permita realizar sistemáticamente registros arqueológicos necesarios y objetivos.

La arqueología sirve para “democratizar la cultura”. Esta frase sabia de un maestro, Vere Gordon Childe (1956), nos enfrenta a un nuevo campo científico, en lo que no sólo debe preocupar a la arqueología y a la prehistoria, sino el rigor científico que va unido a “una emoción personal de descubrimiento, de interpretación, incluso con el suspense que antecede a la obtención de un dato”.

Eso es, de seguro, lo que está ocurriendo en la apertura del yacimiento arqueológico del sitio de Pueblo Viejo, sito en la Iglesia Las Mercedes, en la comunidad de Azua. Tras largos años de espera, se empieza a implementar los nuevos métodos de difusión del trabajo arqueológico, como estudio de los resultados fosilizados del comportamiento humano.

Como se sabe todo yacimiento arqueológico es una suerte de “escena de las actividades del arqueólogo”, y que el “objeto arqueológico” en sí mismo carece de todo valor aislado de su “contexto”. Pero esta experiencia de Azua no tiene ver con las aficiones de la arqueología de vestigios muy antiguos, como de una sociedad milenaria; tiene que ver con eventos de nuestra historia colonial, que tuvieron su existencia hace apenas unos 500 años.

Ayer he tenido el gusto de comunicarme vía mensajería con Katlheen Martínez. Ella está al frente del equipo de arqueólogos, de donde se espera surja el testimonio arqueológico, o el conjunto de información arqueológica de la época del guerrillero Enriquillo.

Estos son los puntos sobre la excavación preliminar de Azua. Primero, no se trata de encontrar los restos propiamente del cacique, primer guerrero de América, sino el legado arqueológico propio de ese lugar, el cual ha sido destacado ya con valor histórico.

Segundo, están las fases de la excavación, que parte de una recogida de datos estratificados que sirven para la interpretación histórica, a través de una planificación previa que busca saber qué interrogantes se quiere resolver; luego se pasa al trabajo de campo, en el que debe estar presente “un arqueólogo experto en el período que se está investigando”, ayudado por un equipo de técnicos, que pueden ser estudiantes de antropología o arqueología. En tercer lugar, está, pues, el concurso de un topógrafo, un restaurador, un osteólogo, cuyos registros pasan al laboratorio para “exprimir” la información cultural o histórica documentada e intervenida.

Tal como expresamos al principio, ese proyecto arqueológico merece la atención de todos los interesados en las ciencias de la cultura, en favor de un nuevo renacer de la arqueología dominicana.

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