Vanas quisquillas…
La salud ética y moral de cualquier sociedad puede juzgarse observando cómo funcionan sus agrupaciones cívicas, no sólo los partidos. Las corporaciones, gobernadas por sus integrantes conforme a reglas internas según su propósito, refuerzan la institucionalidad de una nación civilizada.
Sabemos que si alguna institución, empresa o comparsa ignora sus principios, por preferir alguna conveniencia pasajera o pretendida autopreservación, entonces traiciona su esencia.
Cae en riesgo de deterioro sistémico, conflictos internos, pérdida de legitimidad, fraccionamiento debilitador o distanciamiento de su base, casi como la endogamia de monarquías u oligarquías decimonónicas.
Nuestro país posee gremios empresariales, intelectuales, academias de ciencias, colegios profesionales y sindicatos, como la ADP que a veces parece una banda de malos maestros de escuelas públicas.
El politizado Colegio Médico es más antiguo que la república. El CODIA es más goloseado que admirado. Desde 1962, el CNHE representó con excelencia al empresariado y parió fundaciones y patronatos bienhechores, con menos aquiescencia que el actual CONEP.
¿Cómo puede operar lícitamente —en un sentido ético— cualquier entidad en que el disenso y la duda, raíces y fuentes de todo progreso científico, sean descartados o reprimidos? Las meritocracias y los mercados reconocen o premian el desacuerdo educado y respetuoso.
Cifran el progreso en el diálogo bien argumentado, no en la dócil unanimidad ni certezas convencionales. Los dogmas o artículos de fe, de aceptación obligatoria en las religiones, son casi imposibles en las ciencias, sean duras tipo STEM o las humanidades.
La espiritualidad ilustrada es tolerante. Cuando entidades de élites (nada que ver con clubes sociales) emulan los vicios atribuidos erróneamente sólo a la gleba o el sectarismo irracional de fanáticos, no se fortalecen a sí ni a la patria. Nos retrotraen a épocas dizque rechazadas y superadas.
Con recelo del futuro mantienen vigentes lo peor de Santana, Báez, Luperón, Meriño, Lilís o Trujillo. Penosamente, parece que casi todos padecemos esa imprescriptible e imperdonable condena atávica.
Pensar fuera del cajón puede ser más gravoso que obrar igualmente. “Y sin embargo” (dijo Galileo)… ¿Tienen luz? ¡Vivan Alofoke y san Antonio!