Unas palabras para Juan TH

José Mármol
José Mármol

Escribir poesía no ha sido jamás un simple deleite. Platón ordenaba el ostracismo para los poetas en su República ideal.

Hölderlin, quien vivió entre 1770 y 1843, se preguntaba en un poema acerca del valor de la misión del poeta en tiempos aciagos para la humanidad.

Bertolt Brecht, por su parte, y habiendo vivido entre 1898 y 1956, testigo de las dos grandes guerras mundiales, entendía, en otro poema, como un acto casi criminal el de cantarle a la belleza de un árbol, porque esas palabras e imágenes, en tiempos de penurias, habrían de ocultar, aún sin proponérselo, tantas fechorías propias de la sociedad de su época.

La poesía ha estado sometida siempre a un contraste o articulación con la realidad que, de algún modo, la hace posible.

Esa dinámica, propia de la relación entre lenguaje, pensamiento y mundo, puede darse por complicidad de la imaginación y el lenguaje con lo evidente de esa realidad; o bien, por una radical sublevación de la palabra y el código poéticos ante el mundo como concreción.

Esta última vía revela, en mi óptica, la poesía en su más elevada e imprescindible expresión, en términos esencialmente estéticos.

Esa que con su lectura o su escritura nos ayuda a superar, nos invita a trascender las miserias del mundo, de la sociedad y del ser humano actuales. Independientemente de las épocas y sus circunstancias, la poesía ha de ser un acto de auténtica liberación del espíritu y de renovación del lenguaje.

Ese es el poder de la poesía, en tanto que saber y sentir humanos; que dista, por fortuna, de la poesía del poder, la cual, antes que acto liberador, ha resultado pobre expresión de los totalitarismos y los dogmas ideológicos perentorios y transitorios.

Por su destacado oficio de comunicador y de analista, además de activista en la esfera de la política, Juan Taveras Hernández, para mí, Juan TH, es un hombre en constante convivencia con la ceguera y la cerrazón de la realidad mundana, que ataca impenitentemente, con el dardo del análisis sociopolítico y sociocultural, por un lado, y por el otro, trata de superar verbalmente, a veces con un poema y otras con una canción.

Sin embargo, cuando su decir, su pensar y su sentir se instalan en la morada de la cosmovisión poética, toda la miseria de la sociedad queda supeditada a la misión liberadora del espíritu humano que radica en el significado de la poesía.

El poemario “Noches de insomnio” (2011) es, en efecto, una suerte de catarsis expresiva en la escritura, el pensamiento y la vida de ese intenso cronista asertivo de la cultura y el Estado contemporáneos. Su estructura nos presenta dos grandes partes. La primera se denomina “Poemas de amor en noches de insomnio”. La segunda parte, o segundo libro, se llama “Cantos de ausencia y de esperanza”.

En el primero, el amor constituye el centro gravitacional. Textos que, escritos en un lenguaje rayano entre lo coloquial y lo metafórico o retórico, nos remontan, en la tradición de la lengua castellana, a Bécquer, Salinas, Cernuda o Segovia, por la emotividad y la carga erótica que exhiben.

El segundo libro coloca la fuerza simbólica del lenguaje poético en sentimientos como la ausencia y la esperanza, que definen otra dimensión del intimismo del autor de “Noches de insomnio”. Destaca la ausencia, marcada por el sino de la muerte; la muerte como la gran metáfora del vacío, de lo perdido, de lo irrecuperable.

La lectura de este poemario nos revela la dimensión apasionadamente artística y la cosmovisión poética de Juan TH.