Una triste realidad
El boxeo es uno de los cinco deportes que históricamente le ha dado más brillo a la República Dominicana.
Púgiles de todos los pesos han recorrido el mundo con la bandera nacional sobre sus hombros o en sus vestimentas en eventos regionales, continentales y mundiales, con triunfos importantes.
Eso ocurre desde hace años, pero la falta de reconocimiento casi total a esos grandes logros sigue idéntica o peor, sin que nadie se inmute en lo más mínimo ni le importe un carajo.
Si no me falla la memoria, el único gran respaldo que ha recibido un boxeador dominicano fue cuando el exvicepresidente de la República Jacobo Majluta presidió una delegación al Madison Square Garden en Nueva York, donde Miguel Montilla enfrentó por primera vez, tras el título mundial, al colombiano Antonio Cervantes -Kid- Pambelé.
La falta de reconocimiento a muchos hombres que han dejado el pellejo en los cuadriláteros a nivel aficionado y profesional obedece principalmente al origen muy humilde, “hijos de machepa”, como identificaba a los sectores desposeídos, el profesor Juan Bosch en sus cátedras políticas.
Solo cuando no ha habido otra alternativa se le hace un reconocimiento, que no pasa de ser simple diplomacia, a la que hay que recurrir cuando no hay de otra.
La propia Federación de Boxeo, por más de 40 años presidida por Bienvenido Solano, siempre ha adoptado una posición súper pasiva, cuando se trata de la defensa de sus atletas.
Lo mismo, o quizás peor, ocurre desde hace años con la llamada Comisión Nacional de Boxeo Profesional, entidad que opera desde sus inicios con limitaciones de todo tipo, en especial económicas, lo que por gravedad le otorga un escaso o nulo peso específico.
En otra entrega seguiré tratando el tema.
