Una OEA obsoleta
La obsolescencia refiere a la cualidad de perder vigencia. Este adjetivo hace mención a algo que se está volviendo obsoleto, antiguo o arcaico y que, por lo tanto, cae en desuso.
Es así como se aprecia que la Organización de Estados Americanos, OEA, viene mostrando hace tiempo que ha caído en la obsolescencia y requiere de una renovación total.
La OEA, organización transnacional surgida en 1948, se fundó a los fines de promover el desarrollo económico y la democracia; fue creada con buena fe e ilusión, pero con poco respeto y credibilidad, ya que muchos de sus miembros prefieren el caudillismo al imperio de las instituciones, y representan países donde ejercer el mando es más importante que la misma democracia que pregonan.
Uno de los países más importantes del hemisferio, EE.UU., del que por décadas la OEA seguía sus pautas, bendiciéndole intervenciones políticas e inclusive militares, y que aporta casi el 60% del presupuesto de gastos, sigue influyendo enormemente, tratando de que la entidad esté alineada con sus intereses en la región.
Producto de ello, algunos de los países miembros de la OEA, como los casos de Argentina, Bolivia, Venezuela y Ecuador, han procurado alinearse por separado, utilizando vehículos como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, ALBA, entre muchos otros esfuerzos pautados en la historia.
Sin ir más lejos, recién se reportó que el Brasil, uno de los líderes regionales, lleva más de dos años sin designar embajador en la OEA.
Más recientemente, la inoportuna e infortunada decisión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, órgano apéndice de la OEA, con respecto a la ciudadanía dominicana, y la cátedra reciente que el expresidente Fernández pronunciara en su seno, revela no tan solo la obsolescencia de la OEA, sino la imperiosa necesidad de su reforma o sucumbir por su propia ilegitimidad.
