Una nación bajo amenaza
La nación no es cosa abstracta. Está compuesta de rasgos y atributos y de la salud y fortaleza, de esos atributos dependerá siempre la consistencia y posibilidad de que una nación perdure.
Nación es una comunidad humana estable, históricamente constituida por la comunidad de territorio, lengua, rasgos culturales, sicológicos y sentimiento nacional, regida por un Estado soberano.
Del desamor creciente al territorio habló el dato de una encuesta que conocí hace tiempo, de que el setenta por ciento de los jóvenes dominicanos aspira a irse del país.
No sé cuántos de ellos ya no se sienten vinculados cultural ni sentimentalmente al lugar en que nacieron. Ni a su país. Están al límite de perder su identidad y con lo menos que sueñan es con su propio origen. Otro hecho.
Una porción cada vez mayor del territorio nacional cae en manos de capitalistas extranjeros que establecen allí sus propias leyes, su policía, y en esas zonas exclusivas ya somos unos invasores en nuestra propia tierra. Se deteriora nuestra lengua, que es otro rasgo de lo nacional, y basta notar cómo en los medios de comunicación y en el habla cotidiana, abundan los modismos en idiomas extraños al nuestro.
Tradiciones, rasgos culturales se van de paro; basta oir lo que se canta y se baila en medios de comunicación y en los “ drinks”, discotecas, los “happy hour” y los “baby showers” de estos tiempos.
Nadie pretende una nación rígida, que no incorpore elementos nuevos que surjen en diferentes épocas. Pero en nombre de una globalización real e inexorable, las grandes potencias han promovido una ola de desnacionalización ante la cual sucumbiría cualquier nación que no defienda su identidad.
Lo nuestro es grave, porque el Estado soberano está en veremos, especialmente ante la fuerza del capital internacional.
Hace un tiempo, un funcionario declaró que el FMI había puesto al país de rodillas. Y si esa encarnación jurídica y política de la nación que es el Estado, está regida por gobiernos que se ponen de rodillas, la amenaza de disolución de la nación es más grave de lo que suele aparentar.
La maldad no se cura sino con decirla, sentenció Martí, y a la denuncia hay que agregarle la educación patriótica que recuerde a la gente el deber de preservar esos atributos nacionales que nos permiten ejercer una identidad forjada a golpe de lucha y sacrificio.
