Una grata experiencia interiorista

Una grata experiencia interiorista

José Mármol

Desde su nacimiento, en 1990, de la mano del prolífico escritor, lingüista, promotor cultural y director de la Academia Dominicana de la Lengua, doctor Bruno Rosario Candelier, el Interiorismo, al amparo del Ateneo Insular, ha conquistado importantes espacios, además de haber sembrado y cosechado voces literarias hoy consagradas en distintas modalidades expresivas, desde la poesía, el ensayo, el cuento, la novela, el drama, las artes visuales y la música.

Por más de tres décadas ininterrumpidas, este movimiento ha venido estudiando y cultivando las letras nacionales y universales, sobre la base de pivotes conceptuales, pilares estéticos y valores espirituales o místicos.

La Poética Interior, en tanto que esencia lúdica, apunta hacia la vocación de trascendencia del ser humano como hilo que teje la urdimbre creativa.

En esta última estriba la potencia lírica del sujeto, que uniendo pensamiento y belleza, explora en el lenguaje su capacidad de superar verbalmente el mundo, como sugería Bataille; es decir, de transgredir la realidad circundante, para transformarla en realidad trascendente, mediante la simbolización, y colocándose, consecuentemente, en un plano que supera la función comunicativa del lenguaje a favor de la dimensión lírica, mítica y metafísica de la palabra.

La trascendencia del acto creativo tiene lugar cuando el artífice del lenguaje estético, en el proceso mismo de génesis de la obra, puede descubrir su propia voz interior. Este proceso de intelección requiere de recursos como la búsqueda del sentido prístino u originario del propio espíritu; inmersión profunda en la experiencia subjetiva; búsqueda de la realidad trascendente a través de la mística, la metafísica y el mito (las tres eme interioristas); recuperación del clasicismo; exaltación de la belleza en la condición humana y en lo existente; énfasis en el poder simbólico del lenguaje creativo, así como concebir el arte como camino para la recuperación esperanzadora de lo trascendente, más allá de lo meramente anecdótico o fáctico, entre otros aspectos y técnicas. Procurar lo universal es esencial a la intencionalidad del lenguaje estético.

Bajo esas premisas estéticas y espirituales, que han hecho escuela y dado frutos relevantes, tuve la dicha de participar, en compañía de mi esposa Soraya y en calidad de invitado, de dos días de exposiciones, deliberaciones, comentarios en torno a mi modesta obra ensayística y poética, en los que también tuvimos la presentación de piezas creativas de corte interiorista. Fue una grata experiencia, al cobijo de una morada enclavada en las montañas que rodean el fértil y atractivo valle de Constanza, provincia La Vega. Allí nos apartamos del mundanal ruido.

Quiero reiterar, ahora por medio de esta columna, mi agradecimiento a todo el grupo de autores que allí se congregó y que nos acogió amablemente, en especial a quienes, en gesto que valoro profundamente, escribieron y expusieron enjundiosos trabajos críticos como Luis Quezada (Ética del poeta), Andrés Ulloa (Poética del pensar), Marcia Castillo (Las pestes del lenguaje), Elidenia Velásquez (El placer de lo nimio), Miguelina Medina (Posmodernidad y poder digital), Rafael Peralta Romero (Paradoja identitaria y escritura) y Bruno Rosario Candelier (La creación poética de José Mármol).

Además, expreso nuevamente mi gratitud a aquellos que durante las jornadas manifestaron oralmente sus opiniones y convicciones, de inolvidable y enriquecedora enseñanza para mí. Aprecio, también, el monólogo de Luis Quezada, interpretado por Miguelina Medina; el cuento escrito en mi honor y leído por el propio Miguel Solano, como los poemas escritos y leídos por jóvenes mujeres, que para mí fueron una auténtica revelación.

Mis parabienes al Ateneo Insular. Que su clamor, cifrado en el lema “Hacia el vínculo trascendente de las letras”, siga siendo un estandarte, cada vez más firme y alto, para la universalización de nuestra literatura y nuestro arte.



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