Octubre, 1967. Los del grupo de “cuadros de élite” enviados por el Catorce de Junio a estudiar a la China Popular estábamos en Pekín. Para nosotros, las conmemoraciones de la fiesta nacional de China comenzaron desde la noche antes, cuando, a invitación del primer ministro Chou En-Lai asistimos a una cena de gala para los invitados extranjeros en el Gran Palacio del Pueblo. Se cumplían diez y ocho años de la proclamación un primero de octubre de la República Popular China.
Nuestra delegación encabezada por José Crespo Minaya –Joseíto-, asistió al agasajo. Vimos llegar la figura agradable del maestro de la diplomacia china, que casi enseguida alzó su copa y nos invitó a brindar, al grito jubiloso de: “Campé”, que en el chino de entonces no significaba ¡salud!, sino hasta el fondo; es decir, que no quedara ni una gota de “motei”, una bebida cristalina hecha de arroz y con una muy elevada graduación alcohólica.
Al día siguiente, la naturaleza premió a Pekín con una mañana soleada y transparente. Desde temprano empezó a concentrarse una multitud como jamás mis ojos la habían visto, que coreaba incesantemente y con visible emoción, casi una sola consigna: “Mao Tusí Wansei” o Viva Mao Tse-tung, quien, desde la tribuna de la plaza Tien an Men encabezó el desfile.
Desde un extremo de la tribuna alcanzábamos a ver al gran líder junto a sus colaboradores. A media mañana y, a semejanza de un descomunal gusano, la enorme multitud comenzó a desplazarse entre los himnos y las arengas revolucionarias difundidas por los altoparlantes.
Llegó el momento del desfile del Ejército Popular de Liberación, que marchó con estricta marcialidad, con batallones divididos en rectángulos de armónica y perfecta simetría, simbolizando en los cañones de sus armas y la estrella roja de sus gorras, las tradiciones de una fuerza armada revolucionaria forjada en casi treinta años de guerra popular.
En la noche, hubo una exhibición de fuegos artificiales, en la cual los inventores de la pólvora hicieron galas de sus habilidades en la materia.
En un encuentro informal, al día siguiente, me preguntó un dirigente chino: ¿qué fue lo más le impresionó de nuestra fiesta nacional, camarada Rafael?, esperando tal vez que le dijera que el haber visto al presidente Mao.
“El desfile militar”, contesté yo, de llano en llano. ¿Y por qué el desfile militar? Porque fue la primera vez en mi vida, que vi un Ejército y sentí alegría. De esto hace apenas cincuenta y nueve años.