Un milagro debe producir admiración

José Mármol
José Mármol

Nadiezhda Mandelstam lo cuenta muy claramente en el volumen de sus memorias titulado “Contra toda esperanza” (Acantilado, 2012).opinion 62

Es una mera leyenda el que Lenin, jefe supremo del Estado soviético, hubiese enviado un telegrama para impedir el fusilamiento del poeta y dramaturgo Gumiliev, esposo de Ajmátova, la otra gran poeta rusa, a quien años más tarde y bajo el terror de Stalin también le ejecutarían a su hijo.

Además, deja establecido que es un invento el que Gorki, el autor de “La madre”, una novela mediocre de rotundo éxito revolucionario, haya intercedido en favor del perdón del poeta.

“Gorki no sentía ningún aprecio por Gumiliev, pero prometió que haría gestiones. Sin embargo, no cumplió su promesa”, expresa la viuda de Mandelstam, en su libro publicado en inglés, en 1970. Gumiliev fue ejecutado el 27 de agosto de 1921, aunque no es sino, a partir de 1925 cuando el fanatismo dogmático ideológicopartidario empieza a distorsionar bárbaramente la cultura en Rusia, en favor del supuesto nuevo ciudadano soviético.

Pero será el Congreso de Escritores Soviéticos de 1934, año de la primera detención de Mandelstam e inicio de su viacrucis de cuatro años, el encargado de aumentar el grado y extender el radio de la represión a la intelectualidad y la cultura, clausurando todas las posibilidades de libertad y haciendo del destierro al Gulag y la exterminación el destino de miles de escritores e intelectuales rusos.

Otro episodio triste de cobardía y deslealtad es el que ofreció a Boris Pasternak, el afamado autor de la novela emblemática “El doctor Zhivago”, la posibilidad de salvar la vida a Mandelstam arrancándolo de las garras del estalinismo.

Es Bujarin, intelectual y burócrata del partido, quien mueve la primera pieza para que Stalin eligiera a Pasternak para llamarle por teléfono y consultarle sobre la posibilidad de revisar la causa de Mandelstam.

Stalin increpa a Pasternak que si Mandelstam es “un gran poeta”, por qué no se dirigió a él mismo, como jefe del Estado, o a las organizaciones de escritores para hacer gestiones en su favor. “Si yo fuera poeta y un amigo mío poeta se encontrara en dificultades, escalaría muros con tal de ayudarle”, dijo Stalin. Pasternak le respondió que desde 1927 las organizaciones de escritores “no se ocupaban de esos asuntos”. “Stalin -cuenta Nadiezhda- le interrumpió con la siguiente pregunta: ‘Pero él es un gran poeta, un gran poeta, ¿no?’.

Pasternak le repuso: ‘Pero si no se trata de eso…’. ‘¿De qué entonces’, repuso Stalin. Pasternak le dijo que quería verle para hablar con él. ‘¿De qué?’. ‘De la vida y de la muerte’, respondió Pasternak. Stalin colgó el auricular”. Cuando Pasternak quiso retomar la conversación, ya fue tarde. Se le instruyó que simplemente divulgara. El miedo paralizó al novelista ante la posibilidad de comprometerse en favor de su amigo.

“El milagro deja de ser milagro si no produce admiración”, escribió amargamente la viuda de Mandelstam. Años más tarde, Pasternak terminaría alejándose de la literatura oficial y escribiendo y publicando su novela en el extranjero. Mandelstam moriría cuatro años después de esa conversación en un campo de tránsito a Siberia.

“Una sola cosa me resultaba evidente -escribió Nadiezhda-: la poesía de Mandelstam se adelantó a su tiempo y el terreno no estaba preparado en el momento de su aparición.

Aún se reclutaban partidarios del régimen y se oían las sinceras voces de los adeptos seguros de que el futuro les pertenecía y el reino milenario no acabaría nunca”. Ese reino acabó en 1989, con la caída del Muro de Berlín. Todo poder es transitorio, y no puede haber milagro sin admiración.