Un cronista de ficciones
Leer un libro ingenioso en tiempos de crisis económica, quiebra de la jerarquía de valores espirituales y azote de penurias es una hazaña interesante.
Implicaría, dicho con palabras de Brecht, el silencio de tantas fechorías. Leer un libro inteligente en tiempos de informada y arrogante ignorancia es una proeza.
Encontrarse entre los nuestros con un autor capaz de hacer sonreír al lector, al tiempo que lo monta sobre las delicias de una honda meditación, sin menosprecio alguno del humor; o bien, a lomos de una erudita y acertada reflexión en torno a lo bello, lo siniestro o lo imposible parecería, en efecto, un imposible criollo, un epifenómeno del absurdo caribeño de la dominicanidad. Pero no.
Me atrevo a afirmarlo, sin rodeos, Cartas de un borrasho, de José Báez Guerrero, es un libro inteligente, ameno, bien escrito y cargado de aciertos. Un libro como, a decir verdad, pocos salen ya al mercado, especialmente en nuestro ámbito cultural, infestado de demasiada megalomanía y fanfarria en cántaro vacío.
Un libro escrito, en sus distintas formaciones expresivas, poesía, cuento o ensayo, con dominio del idioma y con el deleite propio de quien de la escritura creativa no espera otra cosa que el goce personal y la humildad de soñar apenas con un hipotético lector.
En Cartas de un borrasho el lector se encontrará con una suerte de menú literario, en el que podría elegir, de buenas a primeras, qué leer, contando con poesías, cuentos breves, incursiones críticas en la poesía griega, indígena, norteamericana, francesa, china o japonesa, todas salpicadas de un particular agudeza analítica y un dejo de cultura libresca o sucinta erudición, que antes que amenazar al lector poco avezado, muy por el contrario, lo invitan a adentrarse en la ensoñación o la magia del sentido del texto creativo, para la dichosa vivencia de una aventura imaginativa como sólo la auténtica literatura es capaz de engendrar en el lector.
La reflexión, el pensamiento, la intertextualidad, el misterio de los vasos comunicantes de las culturas e idiomas a través del acto de la traducción constituyen ejes transversales de esta nueva empresa inventiva de José Báez Guerrero, artífice del letrado y filósofo Íñigo Montoya, una suerte de heterónimo en el que se fraguan, en lenguaje periodístico, las veleidades de nuestra sociedad.
“El pensamiento se canta”, afirma categóricamente, y yo lo secundo, el prolífico crítico francés George Steiner, en su ensayo titulado La poesía del pensamiento. Del helenismo a Celan (2011).
Y es que, desde los pensadores mitopoéticos griegos hasta lo más encumbrado de la poesía occidental del siglo XX y lo que va del siglo XXI, desde Empédocles a Hölderlin y Celan, la poesía ha procurado cantar el pensamiento. O, tal vez, pensar en lo cantado.
O, como sintetizó Miguel de Unamuno, piensa el sentimiento y siente el pensamiento. La poesía es la concretización en el lenguaje de esa búsqueda incesante, de ese poderoso misterio.
Hay en nuestro autor, y en particular, en este libro, una mezcla sorprendente que podría ir del romántico inglés Lord Byron o el francés Alphonse de Lamartine a la agudeza crítica de Montaigne o del Octavio Paz que medita sobre el arte de la traducción; de lo sublime y profundo en el sentimiento de una Santa Teresa de Jesús o la sutileza epigramática del mejor Ernesto Cardenal a la ironía sarcástica del maestro antipoeta Nicanor Parra.
Cartas de un borrasho es un libro sabroso y gozoso, como suelen ser la prosa y el verso de Báez Guerrero, tanto en la crónica periodística o el análisis político, como en la escritura creativa.
