Un ateo entre obispos
Tengo muchos amigos, la mayoría son herejes y no lo saben, otros son ateos, católicos, evangélicos, cristianos, testigos de Jehová, eclécticos, adventistas, budistas, estoicos, uno cínico y dos escépticos que dudan hasta de ellos, pero todos tienen en común que son capaces de demostrar el verdadero amor al prójimo al apoyar las demandas justas, la lucha por los derechos de todos, en fin, aspiran a una mejor sociedad. Por eso los considero amigos.
A cada uno lo acepto y respeto tal como es. Sin embargo, confieso que siempre tuve mis dudas sobre las iglesias, particularmente de la Católica, pues desde Teodosio (380 D.C.) ha sido, la mayor parte del tiempo, complaciente, cuando no cómplice del poder.
Empero, sería una gran injusticia no reconocer que ayer y hoy muchos cristianos han sido más verbo que sustantivo, hombres y mujeres capaces de poner en juego sus vidas y bienes defendiendo causas que consideraron justas. Fray Antón de Montesinos fue el primero, pero los sigue habiendo hoy en Cotuí.
Por eso, creo digno destacar la Carta de los obispos dominicanos con motivo del 181 aniversario de nuestra Independencia, que se celebra mañana 27 de febrero.
En ese documento los obispos llaman la atención sobre viejos males, algunos de los cuales ya se tienen como cosas normales, que no lo son ni serán.
“Fortalecer la esperanza: Un llamado a la fe y la solidaridad”, así han titulado su pronunciamiento los obispos dominicanos, y yo, a pesar de mi incredulidad, no puedo más que sumarme a su llamado a sembrar el anhelo de paz, a vivir “según los principios del amor, la justicia y el perdón”, y cuando exhortan a fomentar la reconciliación, promover el respeto por la dignidad humana y la solidaridad.
Coincido cuando dicen que los dominicanos “anhelamos vivir en un ambiente de seguridad ciudadana y para ello urge que se concretice la reforma policial ya iniciada, se fortalezca la justicia y se promuevan políticas a favor de la comunidad, que nos ayuden a combatir los distintos tipos de violencia: familiar, institucional y delincuencial, etc.”
Me identifico con su denuncia sobre el sistema penitenciario, las falencias del sistema de salud y las dificultadas que a menudo enfrentamos los usuarios con las ARS.
Respaldo su clamor sobre la situación de muchos jóvenes, que ante la falta de oportunidades no ven otra salida que emigrar a otro país, o aquellos que entre tanta confusión buscan conseguir dinero fácil, aunque esto los lleve a delinquir porque perdieron ya la esperanza y que sus vidas no tienen sentido.
Comparto el llamado a que se aborde con seriedad el tema de los migrantes, respetando la dignidad humana, pues aquí hay hasta cristianos “trumpistas” para quienes los inmigrantes pobres son un peligro, mientras el extranjero con dinero (turista) es recibido con alfombras y anotado en las estadísticas de David.
Aciertan los obispos cuando claman por los pobres, los desempleados, los adultos mayores, los sin nombres ni apellidos.
Comparto también su llamado a cuidar nuestra casa común “ante los impactos negativos medioambientales de la industria minera, la contaminación de los ríos y el deterioro de la flora y fauna local.
Confieso que no tengo tanta fe como los obispos, y sigo creyendo que “no basta rezar”, pero igual suscribo que “la esperanza implica vivir con valentía, amar y ser solidario en un mundo adverso”. Amén.
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