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Tortura y democracia

Los presos políticos no suelen existir en las sociedades democráticas. En las dictaduras, sufren todos tipos de vejámenes al mismo tiempo, especialmente en contextos de represión.

Las torturas más comunes son la psicológica (es la más frecuente, se usa contra presos políticos, porque deja menos pruebas visibles), la física, que representa formas de castigar para forzar a confesiones, y la social, que alcanza a los que todavía no están detenidos, para que sepan lo que le espera, si afectan al gobierno en cuestión, o a su líder.

La historia de la tortura resulta ser muy antigua y es, además, contraproducente. Nace de las más profundas pasiones del ser humano: la ira, el dolor, el miedo, y se convirtió en un método de averiguación de la verdad y del control humano, como partes de campañas políticas.

Sorprende saber las figuras de la historia política que fueron torturadas, y las razones esgrimidas. En todo caso, como San Agustín, creemos, la finalidad de toda tortura es la confesión; pero sólo la confesión espontánea ofrece una verdad certera sin necesidad de jugar al tormento. Se corre el riesgo de que la persona inocente muera, al no saber nada por lo que se le tortura.

La tortura es una figura occidental en algunas mal llamadas “democracias”. Por otra parte, a nivel popular, el concepto de tortura está asociado a la intolerancia ideológica, a los peores y más crueles regímenes políticos: “Tortura y dictadura se nos presentan como sinónimos”.

Si nos interesamos por el modelo venezolano, allí, los niveles de perfección que ha alcanzado El Helicoide, el centro de detención y tortura de la República Bolivariana de Venezuela, lo coloca como el peor que ha existido en ese país, y como uno de los peores que jamás se haya conocido en América Latina, si no fuera porque ese lugar del demonio practica las llamadas “torturas limpias”, donde no se puede tener contacto con los detenidos, para saber sobre su estado de salud, y ser testigos de las huellas que se marcan en las víctimas de su detención.

Esta forma de tortura, en realidad, es un elemento natural del secuestro, un crimen de lesa humanidad, sin el que no funciona el régimen opresivo que allí se ha instaurado. Debemos calificarlo una de las más grandes hipocresías del socialismo bolivariano (un socialismo desconocido, en realidad). Según la organización Foro Penal, una de las principales fuentes independientes sobre la situación de los presos políticos en Venezuela, que mantiene un conteo permanente basado en denuncias de familiares, visitas legales y seguimiento judicial, se estimaba que habían más de 900 personas privadas de libertad por razones políticas en el país. En los últimos días se han excarcelados unos 400, a raíz de la extracción de Nicolás Maduro.

En clave de democracia, la tortura no puede ser ni causa ni consecuencia de la dinámica social. Pero, definitivamente, es un proceso que sólo lo puede llevar a cabo el Estado, que erróneamente y de manera imprescindible perfecciona la violencia en los estamentos castrenses, para que el rastro de la tortura deje de señalar a las fuerzas de seguridad del Estado.

Donde hay democracia no hay lugar a la tortura. Debemos denunciar toda forma de tortura, de pena de muerte, de ejecución extrajudicial.

Muy pronto en Venezuela (¡Ellos prefieren llamarla revolución!), se sabrá la verdadera cifra de desaparecidos, torturados y asesinados por el régimen socialista. La tortura no es prueba de nada.

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