Todos piden experiencia. ¿Quién da la primera oportunidad?

Massiel Reyes Lecont.
Massiel Reyes Lecont.

Hay algo que todos los profesionales tienen en común, aunque pocas veces nos detenemos a pensarlo.

Ninguno empezó con experiencia.

Antes de los ascensos, de los años de servicio, de los logros que hoy llenan un currículum, hubo un momento en el que lo único que podían ofrecer era su disposición para aprender. No tenían resultados que exhibir ni una trayectoria que los respaldara. Tenían, simplemente, el deseo de trabajar y la esperanza de que alguien confiara en ellos.

Y alguien lo hizo.
En los últimos meses he leído decenas de comentarios de jóvenes que buscan su primer empleo. Cambian las carreras, las edades y las ciudades, pero la pregunta casi siempre es la misma:

¿cómo se supone que voy a tener experiencia si nadie me da la oportunidad de conseguirla?

Es una pregunta incómoda porque no tiene una respuesta sencilla.

Las empresas no están equivocadas por buscar personas preparadas.

Contratar implica riesgos, tiempo y recursos. Quien abre una vacante espera encontrar a alguien que pueda responder a las necesidades del puesto y aportar desde el primer día. Esa expectativa es comprensible.

Pero, al mismo tiempo, hay una realidad que merece un espacio en la conversación.

Toda experiencia que hoy admiramos comenzó el día en que alguien decidió confiar en una persona que todavía no la tenía.

A veces hablamos de la experiencia como si fuera un requisito con el que se nace. Como si apareciera automáticamente al recibir un título universitario o al terminar una certificación.

Sin embargo, la experiencia no se estudia. Se construye. Se forma enfrentando problemas reales, cometiendo errores, aprendiendo de quienes saben más y descubriendo, poco a poco, cómo convertir el conocimiento en criterio.

Eso solo ocurre cuando alguien abre la primera puerta.

Quizás por eso la discusión no debería centrarse únicamente en cuántos años de experiencia exigimos, sino también en cuántas oportunidades estamos creando para que esa experiencia pueda existir.

No se trata de contratar por lástima ni de reducir los estándares de calidad. Se trata de reconocer que el potencial también merece una oportunidad de demostrarse. Después de todo, ninguna organización encuentra profesionales experimentados por casualidad. En algún momento, otra organización decidió formarlos.

Hay una diferencia enorme entre contratar a alguien únicamente por necesidad y contratar a alguien porque se reconoce en esa persona una posibilidad de crecimiento. Lo primero cubre una vacante. Lo segundo puede transformar una vida.

Todos recordamos nuestro primer empleo, aunque hayan pasado muchos años.

No siempre recordamos el salario. Tampoco el cargo.
Lo que permanece en la memoria suele ser otra cosa: la persona que decidió darnos una oportunidad cuando nuestro currículum todavía decía muy poco.

Con el tiempo llegaron los resultados, la experiencia y los reconocimientos. Pero nada de eso habría sido posible sin aquella primera decisión de confianza.

Quizás por eso, cada vez que una organización busca experiencia, también vale la pena recordar que esa experiencia, antes de convertirse en un requisito, fue la oportunidad que alguien decidió dar.

Sobre el autor

Massiel Reyes Lecont

La autora es conferencista y maestra de ceremonias. Posee múltiples maestrías en Manejo de Personal, Relaciones Públicas y actualmente, es doctoranda en Comunicación.