Tecnología, ser y tiempo
La técnica ha sido, desde los orígenes de la civilización, un factor básico para medir la metamorfosis o el progreso de las sociedades, entendido este, especialmente, como predominio del ser humano sobre las leyes de la naturaleza.
Este aserto no es solo válido para las transformaciones constantes que, producto de los adelantos en materia de invención de artefactos técnicos o tecnológicos -asunto que diferenció a los homínidos de los primates-, hemos experimentado en la vida cotidiana, sino también, en el ámbito mismo de la cultura, las formas de pensamiento y las creencias.
La técnica es, pues, parte esencial de nuestra racionalidad y de nuestra forma de conceptualización del entorno.
A las brillantes y profundas reflexiones filosóficas de la etapa mitopoética del pensamiento presocrático en la Grecia antigua se asocian ciertos adelantos tecnológicos, que hoy día parecerían rudimentarios, pero, de indudable importancia para el desarrollo de la sociedad en aquel período de la historia.
El filósofo Martin Heidegger hace un llamado, en varios de sus escritos, acerca de la peligrosidad del avasallante triunfo de la racionalidad tecnológica por sobre la pasividad de la vida en armonía con la naturaleza, un fenómeno que experimentó un particular desarrollo entre los siglos XIX y XX, entre otras razones, por los cambios en las fuerzas productivas y en el modelo capitalista de producción y de organización social, así como por el apogeo de las guerras.
En esto último radica la esencia paradójica de lo humano: el desarrollo de la racionalidad tecnológica ha servido, al mismo tiempo, para el progreso de las ciencias médicas, que tiene por fin preservar la vida, y para el desarrollo y la eficacia de la industria bélica, cuya finalidad es destruir la humanidad.
El individuo actual, el de la sociedad líquida posmoderna, consumista, precaria e incierta como la denomina con acierto Zygmunt Bauman, padece esa disyuntiva radical entre los avances de los artefactos tecnológicos, que impactan neurálgicamente el estilo de vida, por un lado, y la aspiración hacia el alcance de una sociedad más apacible, en pleno contacto con el ritmo de la naturaleza, con la tranquilidad, con la privacidad e incluso, el aislamiento temporal voluntario, por el otro lado.
Vivimos como funámbulos entre la ubicuidad de la esfera tecnológica, que implica conexión virtual planetaria las 24 horas y los 7 días de la semana, y, al mismo tiempo, una necesidad, un llamado del espíritu al internamiento en el silencio y el retiro hacia un bosque, una montaña, un río, un amanecer o un atardecer.
Uno de los artefactos tecnológicos que representa con mayor significación esa disyuntiva, visceralmente paradójica, es el teléfono inteligente (smartphone), cada vez más versátil, más abarcador, más robusto, más ergonómico, más portátil y con más eficacia de conectividad. La relación actual entre el ser humano y el móvil o celular ha trascendido los paradigmas de la utilidad o lo placentero.
Se ha establecido una relación casi perversa entre el aparato y el humano, la cual coloca en un hilo la diferencia entre lo privado y lo público.
Ante las exigencias de eficiencia y productividad a mil revoluciones por segundo que la sociedad tecnológica impone al individuo actual, esa herramienta parece ser una panacea.
Es el artefacto que nos mantiene comunicados, productivos, globalmente conectados. Pero, al mismo tiempo, es la pieza clave de la alienación, la soledad y el aislamiento, sobre todo, emocional del ser humano contemporáneo.
La técnica ha trillado en la historia un camino que se bifurca, que se abisma ante las posibilidades de libertad o de esclavitud propias de la inteligencia y la vida del ser humano.
