El surgimiento de Haití como nación soberana e independiente tiene una historia única y trascendental: fue la única revolución exitosa de esclavos negros, el primer estado negro y la primera república libre de América Latina.
Para muchos dominicanos, Haití es un problema. Más allá de si tienen o no razón (eso lo veremos en otro artículo), aquí veremos las decisiones de las autoridades españolas, tanto en la península como locales, que condujeron indirectamente al nacimiento del estado haitiano.
La base de nuestra comprensión del universo es la "causa y efecto", un principio fundamental que describe la relación entre eventos, donde uno (la causa) provoca la aparición de otro (el efecto). Como dice la Tercera Ley de Newton o ley de Acción y Reacción: "A toda acción le corresponde una reacción de igual magnitud, pero en dirección opuesta".
Las raíces históricas del origen de Haití como entidad diferenciada pueden rastrearse, en parte, a partir de una decisión de la Corona española en el siglo XVII.
Antecedentes: El monopolio y el contrabando
El establecimiento de una política fiscal que garantizaba a la Hacienda Real española enormes beneficios fue la razón por la cual se creó un rígido monopolio comercial. Para ejecutarlo se utilizó la Casa de la Contratación, que inició sus actividades en 1503 en Sevilla. En cada puerto del Nuevo Mundo, la Casa mantenía empleados responsables de supervisar la producción, cobrar impuestos, llevar los libros de cuentas y otorgar permisos de navegación y comercio. Sin el visto bueno de España, nada se movía en las colonias.
Para 1577, el contrabando era la base esencial de la economía del norte de La Española. Los habitantes de La Yaguana y Puerto Plata ya no vendían sus productos a los españoles, pues tenían que desplazarse hasta Santo Domingo para vender su ganado y producción frente a las autoridades y pagar los impuestos. Además, navegar por las costas era, para las autoridades, un suicidio, pues estaban infestadas de corsarios franceses. Por lo tanto, los comerciantes del norte no tardaron en comerciar directamente con franceses, ingleses, holandeses y, especialmente, portugueses, quienes intercambiaban esclavos baratos por cueros de vaca y otros productos.
Durante las décadas siguientes, el contrabando se enraizó en la mentalidad de la población y generó lealtades políticas y económicas diferentes a las que esperaban las autoridades y la corona españolas.
Según el historiador Frank Moya Pons en su "Manual de Historia Dominicana" (12ª edición), en 1594 el arzobispo de Santo Domingo, Fray Nicolás Ramos, escribió una carta al rey denunciando que "si no se ponía remedio a la situación, la isla iba en camino de perderse para los cristianos, pues el tráfico de los vecinos con los ingleses y franceses herejes era tan intenso y lucrativo que ya casi nadie guardaba las apariencias en la Banda del Norte y se había perdido todo respeto por la autoridad real y por la autoridad del Papa".
Estas constantes quejas desde La Española, sumadas a las procedentes de Cuba, Jamaica y Venezuela, impulsaron la decisión de crear la Armada de Barlovento a finales de 1601. Sin embargo, dicha armada nunca llegó a América, pues el rey Felipe III se vio obligado a cancelar el plan.
El artífice de la idea de despoblación
Baltasar López de Castro fue un influyente funcionario colonial nacido en La Española en el siglo XVI. A él se le ocurrió la idea de que, si la evasión de impuestos y la cercanía a religiones no católicas surgían del contrabando en la Banda Norte, la solución pasaba por eliminarlo. Su propuesta era radical: trasladar el ganado y a los habitantes de esas regiones a los alrededores de Santo Domingo.
La Despoblación y Devastación
Finalmente, el 3 de enero de 1603, se adoptó la idea de López de Castro. Se le propuso al rey despoblar Puerto Plata, Bayajá (hoy Fort-Liberté, Haití), Monte Cristi y La Yaguana (hoy Léogâne, Haití).
La despoblación y desvastación consistió en la orden dada por el rey Felipe III al gobernador Antonio de Osorio (1603-1608) en los años 1605-1606 de trasladar a los habitantes de las zonas mencionadas a lugares más cercanos a Santo Domingo, quemando y destruyendo todos los asentamientos para evitar el contrabando y "defender la fe católica". Los pobladores fueron reubicados en las nuevas zonas de Monte Plata y Bayaguana.
Paradójicamente, esta medida, que buscaba evitar el establecimiento de extranjeros en los territorios abandonados, logró precisamente todo lo contrario. Al despoblar la zona norte y noroeste, España dejó un vacío político, militar y demográfico que fue rápidamente ocupado por bucaneros, filibusteros y colonos franceses, principalmente en la costa occidental. Este vacío facilitó y aceleró la colonización francesa de esa parte de la isla, que posteriormente se consolidaría como la colonia de Saint-Domingue.
Así, la centralización forzada no solo generó un gran disgusto entre los colonos y las autoridades locales, sino que, a la larga, creó las condiciones territoriales que permitirían el surgimiento de dos entidades coloniales rivales en la isla: la española en el este y la francesa en el oeste, sentando las bases para el futuro nacimiento de Haití.