Sueño con un país

Nassef Perdomo Cordero
Nassef Perdomo Cordero, abogado.

En estos tiempos turbulentos, en los que la democracia se ve asediada por el impulso autoritario, yo sigo soñando con el país que quiero.

Un país en el cual los derechos sean efectivos, y para todos. En el cual no se pretenda que el fin justifica los medios. Un país en el cual no se nos venda como virtud cívica la renuncia a nuestros derechos ciudadanos. Un país en el cual “debido proceso” no sea un anatema.

Este sueño no es nuevo, quienes me conocen de viejo saben que desde mis días de estudiante fui amante de la visión anglosajona del Derecho. Aún lo soy, en buena medida porque en esta, el debido proceso es visto como una garantía del ciudadano contra el Estado y tiene un papel esencial, fundamental.

No se concibe la organización del poder político sino como herramienta para evitar el caos, pero también la arbitrariedad del propio Estado. Esta es la lógica que, según Hobbes, sustenta la existencia del Leviatán.

El constitucionalismo, que tanto en su manifestación consuetudinaria como en la escrita tiene como fuente primaria al Derecho anglosajón, ha asumido esos valores y los ha convertido en norma. Esto es una ruptura con la concepción absolutista del Estado, que no reconoce ciudadanos, sino únicamente súbditos.

De ahí que, en un Estado constitucional y democrático de derecho, que es a lo que aspiramos muchos y lo que manda la Constitución, no puede pretenderse reducir a las personas a simples objetos de la acción pública. Es justo lo contrario, todas las facultades adjudicadas al Estado tienen como propósito la defensa de la dignidad y los derechos.

Quien defiende violaciones de derechos desde el Estado no sólo se sitúa contrario a la Constitución vigente, sino que reniega de la democracia constitucional y, aunque no lo quiera, propugna por su destrucción.

Yo sueño con un país en el cual consideremos un objetivo común la garantía y el respeto de los derechos. Que no sean vistos como una gracia otorgada a los que nos son simpáticos, sino como lo que son: derechos que están por encima de las veleidades particulares e institucionales.

Sé que quizás soy ingenuo, pero ese es el país de mis esperanzas y creo que es el que nos merecemos todos.