Soñar no cuesta nada

Claudio Caamaño Vélez.
Claudio Caamaño Vélez

Pensemos por un momento en la posibilidad de vivir en un país donde nunca se va la luz; donde no sea necesario tener tinaco, cisterna ni bombas de agua porque el servicio es permanente, con suficiente presión y de una calidad tal que pueda beberse directamente de la lleve.

Un país donde no haga falta poner rejas en las ventanas; donde se pueda caminar con tranquilidad por las calles hablando por celular o contemplar la luna, en un parque o a la orilla del mar, sin miedo. Un país donde las leyes y la justicia traten a todos por igual.

En ese mismo escenario, las calles no tendrían hoyos y estarían bien iluminadas durante la noche. Al concluir la vida laboral, cada persona recibiría una pensión que le permita vivir con dignidad. El acceso a la salud estaría garantizado, desde la atención de un simple raspón hasta el tratamiento de un cáncer agresivo. Y las instituciones públicas atenderían a los ciudadanos con amabilidad, respeto y diligencia.

Quizás algunos piensen que eso es demasiado pedir. Habrá quienes ni siquiera puedan imaginar un país así. Sin embargo, esas son las condiciones básicas que cualquier nación debería garantizar a sus ciudadanos. Eso es lo mínimo a lo que debemos aspirar y, sobre todo, lo mínimo que debemos aceptar.

La propia Constitución de la República Dominicana, en su artículo 8, establece que «es función esencial del Estado la protección efectiva de los derechos de la persona, el respeto de su dignidad y la obtención de los medios que le permitan perfeccionarse de forma igualitaria, equitativa y progresiva, dentro de un marco de libertad individual y de justicia social, compatibles con el orden público, el bienestar general y los derechos de todos y todas».

La existencia misma del Estado, la razón de ser de todas sus instituciones, es garantizar los derechos de la gente. Nos han acostumbrado a considerar un lujo lo que en realidad es un derecho básico. Nos han enseñado a implorar como un favor aquello que nos corresponde por derecho.

Soñar con un mejor país no es ingenuidad; es el primer paso para construirlo. Las sociedades avanzan cuando sus ciudadanos dejan de conformarse con las carencias y comienzan a exigir, con firmeza y responsabilidad, el cumplimiento de los derechos que les pertenecen.

Dejemos de celebrar lo excepcional cuando debería ser lo cotidiano. Elevemos nuestras expectativas, participemos, exijamos cuentas y no renunciemos jamás a la idea de una República Dominicana donde vivir con dignidad no sea un privilegio, sino una realidad para todos.