Es muy difícil llegar a casa y decirle a la esposa y a los hijos que uno ha sido despedido porque la empresa decidió reducir personal ante el colapso de la demanda de sus productos. En ese instante, los ánimos de toda la familia se desploman y la incertidumbre comienza a ocupar el lugar de la tranquilidad.
Muchas empresas europeas han optado por reducir la jornada laboral en lugar de despedir a su personal calificado. Sin embargo, el mundo entero reconoce que hemos entrado en una crisis global cuyas secuelas están golpeando con fuerza el empleo en prácticamente todos los países.
Esta cuarta ola del desempleo impacta el mercado laboral como consecuencia de conflictos geopolíticos como las guerras entre Rusia y Ucrania, así como las tensiones entre Estados Unidos, Israel e Irán, dejando a millones de personas sin el sustento necesario para mantener a sus familias y alterando drásticamente el rumbo de sus vidas.
Si observamos los grandes hitos económicos de la historia reciente, encontraremos las raíces de este fenómeno. La primera gran ola ocurrió con la Gran Depresión de 1929, provocada por una combinación de sobreproducción, especulación bursátil descontrolada, créditos fáciles y debilidades estructurales del sistema bancario.
La segunda se produjo entre 2007 y 2008, durante la llamada Gran Recesión. Esta crisis estalló tras el colapso de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos y la posterior crisis de las hipotecas sub-prime, que estremeció al sistema financiero internacional.
La tercera comenzó con la pandemia mundial del COVID-19. Los primeros casos fueron detectados en Wuhan, China, a finales de 2019. Posteriormente, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró el brote como emergencia sanitaria internacional el 30 de enero de 2020 y, más tarde, como pandemia global el 11 de marzo de ese mismo año.
En la actualidad, no solo las guerras generan crisis dentro de las economías. También influyen factores como el alza de los precios del petróleo, los fertilizantes, los alimentos, el turismo y la agricultura, afectando tanto a países desarrollados como emergentes.
Todo este conjunto de factores está sacudiendo el mercado laboral de una manera sin precedentes desde el período posterior a las dos guerras mundiales y las desaceleraciones económicas registradas durante los años setenta y principios de los ochenta.
Según Stefano Carpeta, jefe de la Dirección de Empleo, Trabajo y Asuntos Sociales de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) desde 2013, resulta urgente impulsar reformas estructurales que reactiven el crecimiento global, actualmente amenazado por la incertidumbre derivada de las tensiones geopolíticas, la baja productividad y la falta de competencias laborales.
En un informe reciente titulado “Fundamentos para el crecimiento y la competitividad”, publicado por la OCDE el 9 de abril de 2026, se presentan recomendaciones para los 48 países miembros orientadas a fortalecer la competitividad de sus economías.
El informe señala que los principales retos a largo plazo son el bajo crecimiento de la productividad, la débil inversión empresarial, el escaso dinamismo económico, la falta de competencias y el envejecimiento poblacional. A esto se suma la incertidumbre a corto plazo provocada por las tensiones geopolíticas internacionales.
El desempleo continuará aumentando durante el presente año y, aun cuando eventualmente se generen nuevos puestos de trabajo, la crisis económica ya está dejando profundas cicatrices en millones de personas. Entre sus consecuencias sociales se reflejan el aumento de suicidios, crímenes, asaltos, depresiones, enfermedades mentales, feminicidios, divorcios y consumo de drogas.
Las universidades, llamadas a ser el principal motor del progreso nacional mediante la formación de jóvenes profesionales, también se ven afectadas. Muchos graduados enfrentan empleos mal remunerados o, en el peor de los casos, la imposibilidad de insertarse en el mercado laboral. Del mismo modo, los trabajadores temporales padecen altos niveles de precariedad e incertidumbre, situación que repercute directamente en la estabilidad emocional y económica de sus familias.
El impacto del desempleo y de la desaceleración económica mundial varía de un país a otro y también dentro de cada región. En nuestro caso, aunque las cifras oficiales sitúan el desempleo general por debajo del 5 %, el desempleo juvenil se estima entre un 12 % y un 14 %. Los sectores de servicios y turismo absorben gran parte de nuestra mano de obra, pero aún resultan insuficientes para cubrir toda la demanda laboral.
En muchas provincias del país se percibe claramente la gran cantidad de jóvenes que no logran encontrar oportunidades de empleo. El Estado continúa siendo el principal empleador, mientras el sector privado avanza de manera gradual. Entretanto, el subempleo y el número de trabajadores pobres aumentan progresivamente, deteriorando el ingreso familiar y elevando la vulnerabilidad social.
En la República Dominicana, la tasa de desempleo entre adolescentes y jóvenes adultos continúa siendo considerable, afectando el sistema de pensiones, el consumo de los hogares y la actividad empresarial. Una fuerte ola de despidos en sectores como la agricultura y la manufactura —este último con una importante participación femenina— podría representar una parte significativa de la reducción total del empleo.
El desafío de sobrevivir a esta cuarta ola del desempleo exige políticas públicas eficaces, inversión productiva, fortalecimiento de la educación técnica y profesional, así como la creación de oportunidades reales para la juventud. De lo contrario, las consecuencias económicas y sociales podrían profundizarse aún más en los próximos años.