Sobre la pobreza

José Mármol
José Mármol

En mis años de infancia de los 60 del siglo XX, vividos en un barrio de clase media baja de La Vega, rodeado de los llamados cinturones de miseria, la pobreza era sinónimo de dignidad; lo que en modo alguno podía identificarse con resignación.

Íbamos a las mismas escuelas públicas, tomábamos el mismo desayuno, vestíamos el mismo uniforme, caminábamos por las mismas calles, íbamos a los mismos cines, los de mi barrio del Parquecito Hostos –históricamente, Pozo Verde-, los de San Martín de Porres o Villa Tilapia, los de El Pajín y los de El Nápoles, a orillas del Camú.

Era la pobreza de una sociedad tardocapitalista incipiente, frágilmente industrializada, con una economía agrícola de grandes extensiones de monocultivos y, al mismo tiempo, minifundios o conucos de subsistencia familiar; con el lastre de una dictadura de más de treinta años de opresión y un abortado respiro democratizador, que devino despotismo anticomunista por varios lustros; y en términos de exportación, éramos ejemplo de la economía del postre, basada en rubros como el café, cacao, azúcar y tabaco. Sin embargo, subrayo, la pobreza era sinónimo, en buena medida, de dignidad, solidaridad, esfuerzo laborioso y aspiración de progreso económico y humano.

Las fronteras sociales y humanas entre pobres y ricos eran un tanto grises, difusas, flexibles; aunque era menor que hoy la movilidad social por ingreso individual. Las ciudades se conformaban de barrios permeables, transitables, con fronteras imaginarias y no muros o cuarteles policiales, lejos del miedo y la inseguridad.

Hoy día, en cambio, a tenor con los planteamientos de las teorías sociales de finales del siglo XX e inicios del siglo XXI, la pobreza en el mundo es sinónimo de marginación, y por tanto, de delincuencia, ilegalidad, amenaza a la paz social; germen de inseguridad ciudadana, motivo de terror y exclusión por parte de los pudientes; a los pobres se les reduce a guetos insalubres con inmigrantes paupérrimos; son el lastre del microtráfico de estupefacientes y nidos del delito común, según las instituciones del orden público.

Pobreza es, pues, sinónimo de cosa indigna, deleznable, desperdicio social y estorbo para el desarrollo de la modernidad consumista y la democracia neoliberal.

El lenguaje de políticos demagógicos incita a los pobres a luchar contra los ricos, con lo que se evitan, sus partidos y el Estado que manejan a su antojo, tener que luchar contra la pobreza como verdadero problema social y humano.

El Informe de Seguimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) de las Naciones Unidas, publicado por el Ministerio de Economía, Planificación y Desarrollo en 2010, indica que la brecha de la pobreza crece rápidamente en períodos de crisis y disminuye lentamente durante la recuperación del crecimiento económico.

De acuerdo con el estudio de 2010, el 34% de la población dominicana de 2009 vivía en estado de pobreza. De 9 millones 700 mil personas, 3 millones 298 mil eran pobres, y 10.4% del total de la población dominicana se encontraba en pobreza extrema; equivalente a 1 millón 8,800 personas.

La meta para 2015 era que el nivel de pobreza extrema se redujera a 5.4%; a la mitad.

Si bien hemos experimentado significativos progresos en los últimos años y es mayor el margen de oportunidades para la movilidad social y el mejoramiento de la calidad de vida, siguen siendo pertinentes preguntas como: ¿Se logró la meta?

¿Existe calidad en los servicios públicos y garantía de los derechos humanos fundamentales? ¿Reducción de la desigualdad? Porque, lo indigno de la sociedad global es la desigualdad. Es peligrosa la amenaza de una abismal brecha entre ricos y pobres.