Siento envidia de la buena
Como decía don Quijote: siento envidia de la buena. Porque que más quisiera yo que ver la izquierda dominicana manejarse con tanta madurez como ha sabido hacerlo la izquierda salvadoreña, la cual después de diez años envuelta en una guerra que costó setenta mil muertos, firma la paz, se desarma, pasa entonces a la lucha cívica y pacífica, con las mismas manos que
operaban las armas empuña la boleta electoral y en ese campo bate políticamente a sus enemigos y alcanza la Presidencia.
Los mismos combatientes que con sus heroicas acciones asombraron al mundo, dan ahora una excepcional demostración de flexibilidad y capacidad de adaptación y ganan otra vez las elecciones, luchando contra una derecha cerradamente conservadora y agresiva.
De paso, ha quedado en evidencia que el antiguo movimiento guerrillero y el Frente Farabundo Martí que lo dirigió no fueron inventos arbitrarios de unos desesperados, sino una fuerza con raíces muy firmes en la depauperada población salvadoreña.
El mundo cambió, los combatientes salvadoreños comprendieron con sabiduría que era preciso cambiar de método, se sentaron a negociar la paz, no les tembló la mano para firmarla y seguir su lucha en otro plano, en el político y electoral, precisamente en el que sus adversarios han sido fuertes. Y ganaron.
Esto no es un cambio cualquiera. En años largos de vida clandestina y mucho más si se trata de una guerra tan intensa como lo fue aquella, se va formando una mentalidad, una forma de reaccionar, una sicología radical y hasta una cultura de combatiente clandestino que cuesta demasiado esfuerzo desmontar.
Los de la izquierda salvadoreña lo lograron y al hacerlo conservaron compacto el grueso de su propia fuerza y, más aún, ganaron una porción mayoritaria de su pueblo.
A pesar de la propaganda contraria, del peso de la tradición del poder de la derecha y, con una amplitud y una capacidad de reconciliación extraordinarias, ahí lo tenemos gobernando, con una propuesta realista de los cambios posibles.
Ante tanta inteligencia y madurez y como parte de una izquierda en la cual llevo más de medio siglo contante y sonante de militancia sin vacaciones, lo menos que puedo hacer es sentir esa envidia de la buena y expresarla, junto a la esperanza de que después de tantas vicisitudes, lo más lúcido de la izquierda dominicana sea capaz de imitar ejemplos como el que los salvadoreños han estado dando.
