“Siempre te leo…”
Con este mismo título escribí una columna hace años cuando trabajaba como columnista fijo del vespertino Ultima Hora.
Y como me sigue pasando lo mismo ahora que escribo en este periódico, vuelvo sobre el asunto, porque hasta gracioso me resulta.
Siempre te leo, suele decirme alguna gente y yo lo acepto con todo el amor del mundo, aunque sé que ese siempre te leo no corresponde a la verdad.
Igual me ocurre con el programa de merengue típico que produzco desde hace más de doce años en los 98.9 y 99.9 de Dominicana FM.
Siempre escucho tu programa, me dicen con la misma buena voluntad del siempre te leo. Y resulta que a veces ni yo mismo me escucho, porque por alguna causa no puedo ir personalmente al programa y hay que poner uno grabado y la actividad o el lugar en que me encuentro entre las siete y las ocho de la noche no me permiten escucharme a mí mismo.
Acepto y agradezco ese siempre te leo, igual que el siempre te escucho, aunque comprendo los límites de esas expresiones tan rotundas.
A veces el mismo que me las dice lo pone en evidencia. Siempre leo tus artículos en “El Nacional”, cuando es en EL DÍA donde yo escribo.
Veo tu programa de merengue todos los domingos en televisión, cuando mi programa no es por televisión, y nunca se transmite los domingos. Pero qué hacer si quien me lo dice lo hace para halagarme y hacerme sentir bien.
Así, aunque no sea cierto, me siento bien cuando escucho esas expresiones. Porque se trata de mentiras cariñosas, afectuosas, mentiras benignas, no pecaminosas.
De esas mentiras sin las cuales el mundo no existiera y los humanos no pudiéramos relacionarnos amistosamente.
Ejemplos. Un día de estos voy por tu casa. Te llamé y no pude localizarte. Hace poco estuve pensando en ti.
Y más cruel aún, cuando en algunas ocasiones fúnebres, no en todas, alguien se le acerca a algún doliente y con rostro adusto y semblante compungido le dice muy seriamente: lo acompaño en su sentimiento.
Así que bienvenidos el siempre te leo y el siempre te escucho, que yo me seguiré sintiendo bien cada vez que me lo digan. Mientras tanto, y como se decía al comienzo de las escrituras públicas de antaño: ¡A todos los que la presente vieren, salud !
