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La mudez, ya sea un silencio deliberado y persistente o la aparente imposibilidad emocional para expresarse, era para mí desconocida hasta el pasado 14 de abril, cuando Dios por fin llamó a su regazo a mi madre, tras muchos años de alzhéimer y otros padecimientos. Mi primera orfandad fue en 1980, al perder a mi padre, hace casi medio siglo.
Transcurrido el novenario, en esta ocasión, a diferencia de otras pérdidas muy dolorosas anteriores, la madurez de mis 68 años me ofrece una perspectiva distinta, al vislumbrar más claramente el umbral por el que todos transitaremos. Debo sacudirme de encima el pesaroso manto de seda que es el duelo, transparente pero tan denso como los hoyos negros.
Una paradoja… En momentos de la vida que ocurren sólo una vez, la presencia de gente querida aminora la pena, reconforta al espíritu y resalta qué poquita cosa somos en la infinitud de la Creación: brevísimos chispazos que siempre se apagan aunque no la luz de su amor. Hace muchos años decidí que hay aspectos familiares o privados que merecen reservarse fuera del lodazal mediático.
Hoy, más que sobre mi mamá, escribo sobre mi ausencia durante casi dos semanas, porque pensé que debía a mis lectores alguna explicación. Pues bien, heme aquí de vuelta. Germán Ornes dijo a mis padres en 1977: “Déjenlo ser…”. Desde entonces he sido siempre periodista y es muy tarde para dejar de serlo. Por eso, quizás tengo que seguir mientras Dios quiera.
