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¿Se diluye el “ser dominicano”?

Si hay algo que debe preocupar, y sé que intranquiliza a una capa cada vez más grande de la sociedad- porque se trata de algo que lacera el sentimiento patrio- es el derrotero que se percibe en la pérdida progresiva, sutil y peligrosa de la idiosincrasia dominicana. ¿Se diluye en el tiempo y sin que nos percatemos lo que es el ser dominicano?

“Soy dominicano”, expresión que ahora dicen con orgullo muchos extranjeros, pero que a medida que pasa el tiempo, lo exponen con desdén muchos dominicanos. ¿Estamos perdiendo la dominicanidad?
La situación debe llamar la atención de la intelectualidad dominicana. Y poner en modo alerta a todo aquel que sienta ser un auténtico hijo de esta patria. Los intelectuales deben ser el centro de un gran debate nacional en torno a esta inquietud, en el que participen universidades, historiadores, filósofos, paleontólogos, sociólogos y la esencia cultural que se concentra en el “Armagedón burocrático” del Ministerio de Cultura.

“Ser dominicano –según se nos define en las redes sociales- es un sentimiento profundo de orgullo, unidad y pertenencia que va más allá de la nacionalidad, caracterizado por la alegría, la resiliencia, la hospitalidad y una fuerte conexión con la cultura, la historia y la fe en el futuro, manifestándose en la celebración de los logros propios y ajenos, y en un amor incondicional por la patria”.

Temen perder dominicanidad

¿Por qué la preocupación a esta altura del siglo XXI? ¿Qué cosas ocurren en nuestro territorio que lleva a muchos dominicanos a temer la pérdida de su ser, surgido a partir de una mutación particular que nos hace diferente de frente al mundo? El preocupante fenómeno puede verse en muchas manifestaciones de nuestra cotidianidad. Por ejemplo, observamos con cierta congoja como características clave del “ser dominicano” se pierden lentamente, sin que el afán del día a día en el avatar de la vida, nos permita avistarlo. Salvo, porque siempre hay excepciones, algunas instituciones y sectores que tienen y enarbolan tradiciones patrióticas y nacionalistas.

Las características que han sido la base de la identidad y el orgullo dominicano, como son “llevar la bandera tricolor en el corazón, honrar las raíces y celebrar la cultura, la música (merengue, bachata, mangulina, carabiné, etc. y las tradiciones”, parecen perderse en el nuevo ciudadano, especialmente en sectores juveniles atrapados en la vorágine de informaciones que les llegan por las redes y que contribuyen de manera acelerada a una irreversible transculturación.

Pierden la esperanza

También, podemos ver cómo muchos dominicanos, especialmente jóvenes, han ido perdiendo la esperanza como base del ser dominicano, así como “la creencia en un mañana mejor, con un calor humano que emana de la nación”. Otras de las peculiaridades que cada vez están más ausentes en el dominicano son la “unidad y solidaridad” que lo lleva a “regocijarse por el éxito de los demás como propio, ofrecer una mano amiga y crear una comunidad fuerte, incluso a la distancia”.

Tal vez producto del latente sufrimiento socio-económico propio de la mayoría del pueblo dominicano, así como las migraciones e inmigraciones, nos está llevando a este estado y hace que perdamos algo que nos ha distinguido siempre, la “hospitalidad”, “un rasgo cultural profundamente arraigado que se expresa en el recibimiento cálido a familiares y extranjeros”.

Siempre se ha dicho que los dominicanos son resilientes, que tienen una fibra especial para, sin importar lo estrepitosa de la caída, poder levantarse y enfrentar “los desafíos, intentarlo una y otra vez, y demostrar la fuerza colectiva del pueblo”.

No han importado que hayamos sido impactados por feroces fenómenos naturales que nos han azotado, como los ciclones San Zenón, David, etc. las tropelías de malos políticos e intelectuales, las invasiones de tropas extranjeras (ocupaciones USA en 1916 y 1965), las traiciones, las urdimbres, tramas y conspiraciones que se tejen y se han tejido en el transcurrir histórico en contra la patria, nosotros siempre nos levantamos erguidos, con la frente en alto para avanzar hacia un mejor mañana y hasta que logremos ser grande de verdad, sin todas las miserias humanas y políticas que nos abaten hoy en día.

Frustraciones históricas

Las frustraciones que por años viene padeciendo y acumula el común de los dominicanos, a causa del anquilosamiento económico y social, producto de crecimiento económico que no se refleja en la mejoría de su calidad de vida, no ha logrado cambiarnos, aunque se percibe que lo están logrando poco a poco.
Afrontamos prácticas políticas, económicas, financieras y empresariales que no logran sumar bienestar a la mayoría, que no aportan reivindicaciones para beneficio de la gente y que solo sirven para enriquecer a gobernantes de turno, a la “insaciable sed de riquezas” que tienen muchos banqueros, empresarios e industriales, sin importar el rol social que debe jugar el capital en una sociedad envilecida por las precariedades, como es la nuestra.
A este panorama se añade la creciente penetración de valores extranjeros, de aquí, de allá y de acullá, que nos traen costumbres y modos culturales que tienen más fuerzas que la nuestra, lo cual está incidiendo, quiérase o no, en esta lenta transformación cultural del pueblo dominicano.
No hay dudas que el fenómeno migratorio impacta las creencias religiosas del dominicano. Altera el contenido y la sazón de la música, mientras desvirtúa el baile tradicional, de tal forma, como dije al principio, que se hace casi imperceptible captar esta paulatina, progresiva transformación.

Redefinir el ser dominicano

En un portal de la Presidencia de la República se hace la siguiente pregunta ¿Qué es la dominicanidad? Y contesta: “La dominicanidad es eso que nos sale por los poros, que se delata en nuestros gestos, en nuestros pensamientos, en nuestra forma de disfrutar la vida y en nuestro amor por la patria, en fin, es eso que nos identifica culturalmente como pueblo”.

La enunciación resulta insuficiente, según nuestro parecer. Nos parece algo folklórica, extremadamente sencilla para definir a profundidad a un ser humano que nació y ha evolucionado con características propias en esta parte de la isla, en la Hispaniola, y que lleva con orgullo el gentilicio dominicano.
Porque es que, como se ha definido, “ser dominicano es una experiencia vital que se vive con pasión, reflejando una cultura vibrante y un espíritu indomable”.

Por eso esperamos que en los futuros debates de la intelectualidad sobre la dominicanidad, se logre una nueva definición de nuestras características dominicanas, más científica, histórica, filosófica, sociológica y paleontológica, que ilustremos lo que es, realmente, el “ser dominicano”.

No es nada nuevo, ya los expertos del Museo del Hombre Dominicano han trabajado en ese sentido, pero la realidad de la penetración cultural es mucho más poderosa que los esfuerzos de este organismo oficial. El museo, ubicado en la Plaza de la Cultura, tiene “diferentes salas de exposición, su colección posee la mayor cantidad de bienes culturales procedente de los primeros habitantes de la isla Hispaniola”.
Pero ¿cuántos dominicanos visitan las salas de exposiciones del Museo? ¿Es suficiente con exponer en estos lugares la idiosincrasia del dominicano? Nos inclinamos a creer que no es suficiente, que se necesita ahora más que nunca impulsar políticas nacionales dirigidas a salvar la dominicanidad en riesgo.

Lemba, Bartolomé de las Casas y Enriquillo

El Museo, creado mediante la Ley número 318 del 26 de abril de 1972 y que fue diseñado por el arquitecto José Antonio Caro Álvarez, tiene en su fachada frontal las estatuas de Sebastián Lemba, Fray Bartolomé de las Casa y del indígena (indio) Enriquillo.

Estas tres figuras, según explica el Museo, “sirven como una muestra de que somos una mezcla de las culturas africana, española y taína y que estas tierras han sido escenario de importantes luchas por la libertad de los hombres”.

De cara a la realidad actual del siglo XXI ¿que nos queda de esta mezcla cultural que nos legaron estos antecesores?

A eso nos referimos cuando alertamos sobre la perdida de esa valiosa, virtuosa mezcla cultural que aportaron en nuestros inicios esos antecesores.

El Instituto Duartiano, institución magister en la defensa del legado del patricio Juan Pablo Duarte y de la dominicanidad; instituciones patrióticas y personalidades defensoras de la constitucionalidad, dieron la voz de alerta ante el afloramiento de viejas urdimbres de intereses extranjeros en restablecer planes contrarios a la sostenibilidad por siempre del “ser dominicano”.

Vientos que tumban cocos

Específicamente, el Instituto Duartiano, el ex presidente del Tribunal Constitucional, doctor Milton Ray Guevara; el presidente de la Fuerza Nacional Progresista (FNP), doctor Pelegrín Castillo, y otras personalidades han advertido sobre “sectores dentro del Estado dominicano, que responden a intereses extranjeros y buscan reconocer la competencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, pese a que esa entidad ha cuestionado decisiones nacionales relacionadas con la política de nacionalidad”.

Afirman que con ello se pretende “revertir la decisión del máximo tribunal de la República Dominicana (el Tribunal Constitucional)”.

La medida fue desmentida por nuestro flamante Canciller de la República, Roberto Álvarez, aunque como ocurre siempre, se dice una cosa mientras por lo bajo se trabaja a favor de intereses foráneos interesados desde hace mucho tiempo en liquidarnos como “ser dominicano”.

El espíritu dominicanita, esa pasta única de que estamos hecho y que parece causar ronchas a intereses nacionales y extranjeros, prevalecerá.

Pero el peligro no ronda mayormente en esos intentos de vulnerar la institucionalidad por parte de organismos e intereses extraños, el mal se ha ido incubando “chin a chin” en nuestra vida diaria y no nos damos cuenta, o no queremos darnos cuenta.

Cuando desaparezcan los carnavales, la música típica cibaeña, el merengue, la bachata y se nos impongan otros ritmos que surgirán frutos de la simbiosis cultural es que vamos a despertar. –“Pero ya estamos jodidos, no habrá vuelta atrás, dejaremos de ser lo que somos, dominicanos”, me advirtió el vecino.

¿Será tarde para reaccionar? ¿Eres o no eres dominicanos?
Mientras otros, incluso celebridades extranjeras, proclaman con orgullo que son dominicanos por amor a nuestra nacionalidad, nosotros mismos nos vemos con desdén y falta de amor propio.
Rompamos con esa herejía, con esa deslealtad y sintamos orgullo de “ser dominicano”.

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