Rubia y ambiciosa: empata con hindú, italiano, español y mecánico…de ñapa
Por suerte, Pericles se nos anticipó y eso –tal vez- nos ayudó a no caer en la trampa. Me llamó para decirme que quería hablar conmigo sobre algo que sería de mi interés. Le dije que pasara por la oficina en mi trabajo, y me cortó de golpe, y algo ansioso: -“No, ahí no, en tu oficina no, lo que te voy a decir tiene que ver con tu secretaria”. –“Ella no puede estar presente, es algo muy delicado”.
Nos encontramos en un negocio de comida “picapollo” cercano a mi trabajo. Llegó puntual. Era hora de mi almuerzo y aprovechamos para comernos un rico pollo frito, acompañado de unas yuquitas. Cerramos el festín con una refrescante gaseosa. Mientras almorzábamos, me relató una “triste y a la vez agradable” experiencia vivida con una hermana de mi asistente, Rosalía, “La rubia del amargue”, como solíamos decirle por su gusto por la bachata.
Pericles, de personalidad hiperactiva, empezó a contarme, con tanta intensidad que casi no me permitía preguntar. Tenía que cortarle para poder comentarle y que escuche mis inquietudes.
Estaba ansioso y con un inmenso deseo de decirlo todo, sin ambages, pero siempre con un dejo de advertencia. –“No caiga en el gancho que yo caí”. -“Tuve una “terrible, -a veces buena- mala” experiencia con Clara Inés, la hermana de Rosalía. No quiero que tú pases por ese trance y vine a avisarte”, insistía.
La narrativa de Pericles era peculiar, él logró que le asignaran a Clara Inés como su asistente en la institución bancaria donde laboraba. Nos relató que al principio toda era felicidad, ya que Clara Inés era una mujer hermosa, esbelta y de esmerada formación.
La servidora más atenta y eficiente del departamento anticipaba todo y las cosas se manejaban por las reglas. Las oficinas comenzaron a relucir por el ornato, la limpieza y orden que ella imprimía al lugar. –“Eso me llevó a verla, -según me dijo-no ya como una simple asistente, mi corazón se fue más allá, comencé a acercarme a ella y nos enamoramos”.
Ella era soltera y tenía dos hijos; y él, un abogado y periodista sumido en un matrimonio inestable, a veces turbulento. Eran conocidas sus vivencias matrimoniales previas y relaciones furtivas en las calles. La llegada de Clara Inés pareció cambiarle la vida a Pericles. Se convirtió en otro hombre.
Hasta ahí habían llegado sus aventuras y requiebros amorosos a la libre. Pericles, no obstante, se la ingeniaba para mantener unas relaciones armoniosas en su hogar, a la vez que prodigaba amor a su asistente, quien a medida que pasaban los días, se mostraba más cariñosa y entregada a su jefe.
En una ocasión, Pericles viajó por un par de días a Puerto Rico y a su regreso encontró su oficina aromatizada y adornada con flores de relucientes colores. Ella parecía estar decidida a todo para adueñarse de su vida.
No tardaron en llegar, junto a los requerimientos amorosos, los puntuales compromisos, los pagos y mantenimiento del apartamento donde residía Clara Inés y sus dos hijos, los pagarés del vehículo nuevo “de cajeta” que ésta recién había adquirido.
Clara Inés, convencida por una amiga, decidió marcharse para Italia para disfrutar de una nueva vida para ella y sus hijos. Pericles, aturdido por la información, no tuvo otra alternativa que dejarla irse, con la condición de que ella regresaría para llevárselo a él y a sus vástagos para vivir juntos en el atractivo y ancestral país europeo.
Previo a su viaje a Italia, Clara Inés logró que Pericles firmara un financiamiento para los estudios universitarios de sus hijos. Ella tenía el compromiso de enviar los pagos a la universidad privada, con la cual asumió el adeudo y él servía de garante. Los primeros meses ella le escribía o lo llamaba, con muchos “te amo”, “me hace falta”, “pronto estaremos aquí juntos”.
Pero pasó el tiempo y la comunicación se redujo hasta desaparecer. Pericles tenía que acudir a los hijos de ésta para saber de Rosa Inés, y éstos, parece que bien entrenados, se limitaban a decirle que ella estaba bien y que le enviaba saludos.
Un día menos esperado a Pericles le llegó un acto de alguacil para cobrar la deuda que acumuló el financiamiento de los estudios de Persio y Luis, quienes se graduaron y marcharon a Italia a vivir con su madre. Éste, medio confundido, acudió al apartamento, encontrando allí a doña Jimena, la señora que estaba al cuidado de los jóvenes.
Con ella se enteró que Clara Inés había venido al país a la graduación de sus hijos y retornó a Italia sin ni siquiera informarle. Jimena aprovechó para informarle que el dueño de la vivienda quería comunicarse con él para el pago de alquileres atrasados, en razón de que él también sirvió de fiador solidario.
Pericles quiso morirse ahí mismo, pero reflexionó, pensó en la suerte de su familia si él le faltaba. Indagando para conseguir un contacto con Clara Inés en Italia, recordó que la hermana de ésta trabajaba como mi asistente y acudió a mí, no solo a buscar información sino también a advertirme, por si acaso.
Cuando hizo una pausa en su extensa exposición, le conté que Rosalía, a quien apodamos “La Rubia rozagante” o “La Rubia del amargue”, puso reluciente mi oficina, como “un percal”. La rubia imponente, de risa coqueta y gestos embriagantes, solía usar un perfume cautivador, mientras mostraba ante los ojos de los demás, un estilo de diva de película hollywoodense. Ella se convirtió en el atractivo de la oficina de relaciones públicas de una institución donde laboramos.
“! Diaablo! Eso me hizo a mí, la hermana, Clara Inés. ¡Cuídate, hermano!”, me dijo Pericles casi como una súplica. No hice mucho caso a la advertencia, vi en sus expresiones, lamentos de un amor perdido.
Pero pasó el tiempo, el que lo aclara todo. La Rubia Rozagante, la Rosalía que conocemos y admiramos, sacó sus garras y nos mostró su verdadero ser. Tiene ahora una historia interesante, conmovedora, en la que en su afán por sobrevivir en una sociedad fantasiosa y exigente, no escatimó nacionalidad y se ligó con un hindú, un español, un italiano, un “dealer” y de ñapa, un mecánico dominicano, en un estilo de vida que resulta fascinante contar desde todos los puntos de vista.