Estamos en el Mes de la Patria, una época significativa y trascendental para todos los dominicanos, donde más allá de rendir honor a nuestros héroes y festejar la Independencia; nos debe mover a cuestionarnos y a romper con esos paradigmas esclavizantes pendientes que están afectando el interior y exterior de nuestro ser en particular y colectivo; impidiendo que en muchas ocasiones, caminemos seguros hacia la conquista de tener familias sanas, y por ende una sociedad sana, verdaderamente libre y soberana.
Efectivamente, estas fiestas patrias, constituyen una oportunidad valiosa para reflexionar sobre cómo podemos desde el seno familiar, elevar el espíritu de los valores patrios y cívicos ante tantos retos sociales, políticos y económicos que tenemos como nación.
Es que la familia tiene una importancia capital como fundamento de la sociedad, pero ante todo tiene una importancia para el desarrollo de la persona. De ahí que, fortalecer los valores en la familia como cuna de la humanización de la persona, coadyuva a reforzar esos valores patrióticos que favorecen a la cohesión nacional y al sentido de identidad colectiva, pilares esenciales para el desarrollo sostenible de una sociedad.
Por ende, desde la familia se debe crecer en la conciencia de ser protagonistas del cambio y asumir la responsabilidad de transformar la sociedad; nuestro prócer Juan pablo Duarte es un vivo ejemplo de lo que representa formarse en un ambiente donde se valoraba los principios familiares, la honestidad, el esfuerzo personal, la integridad, la solidaridad, el desprendimiento, la responsabilidad, el interés del bien público sobre el interés personal y la educación como vía de superación y éxito.
Si por el contrario desde el seno familiar no se asume el compromiso y la responsabilidad de cambio y transformación; entonces las propias familias serán las primeras víctimas de aquellos males que se han limitado a observar con indiferencia. Hay que destacar en ese orden que la familia de Juan Pablo Duarte nunca fue indiferente, no solo lo acompañó emocionalmente, sino que también participó activa y materialmente en la construcción de un ideal de nación.
Y, por tanto, luchar por un ideal implica compromiso, propósito y a menudo sacrificio. Estos valores definen e impulsan a contribuir al bien común. Aunque el camino puede ser espinoso y agreste, cada acción, por pequeña que sea, suma hacia la construcción de un mundo más justo, en armonía, paz y equilibrado.
La verdadera fuerza está en mantener la convicción incluso frente a la adversidad y en reconocer que por más grandes que sean tus metas, si contamos con el soporte de la familia, no existen obstáculos que te hagan rendir.
Un ejemplo de lo planteado se puede apreciar cómo el sueño de independencia en Duarte se entrelazan con sus vínculos familiares, llegando a asumir sacrificios personales por la causa.
Solo basta con leer su misiva histórica el 4 de febrero de 1844, dirigida a su familia poco antes de la independencia dominicana, conocida como “Carta del Sacrificio”; de la cual emana una enseñanza oportuna, en el sentido de que si la familia cómo pilar estructural de la vida social, realmente quiere servir al ser humano, debe alinear sus objetivos y prioridades con base en el bien común.
En definitiva, la vida del patricio ejemplifica cómo los cimientos familiares pueden moldear líderes con integridad, patriotismo y compromiso ético. Esto refleja un modelo de identidad donde lo personal y lo colectivo convergen.
Es que, al reforzar los valores patrióticos desde la familia, la libertad se forma como un equilibrio entre el pensamiento crítico, la autonomía y la responsabilidad, enseñando pues, que la verdadera libertad no es hacer lo que se quiere, sino elegir con conciencia y en base a principios morales y éticos. Así, la libertad se convierte en un derecho acompañado de deberes, fortaleciendo tanto al individuo como a la sociedad.
Es difícil alcanzar la libertad sin el debido cumplimiento responsable de los deberes ciudadanos, el dejar hacer y el dejar pasar lo indebido y el vicio nos roba la libertad y la dignidad. El legado de Duarte no es pasado ni es una simple efeméride que se debe recordar un día, es la vara con la que debemos medir nuestro pensar y actuar.
Es que la verdadera libertad no es solo la capacidad de elegir entre opciones, sino actuar coherentemente con los propios valores y principios, convirtiendo las decisiones en una expresión auténtica del ser y del bien común. Tal como señala Nelson Mandela "Ser libre no es solamente desamarrarse las propias cadenas, sino vivir en una forma que respete y mejore la libertad de los demás".