Que no se pierda esa historia
Entrevisté al compañero Fidel Guzmán, alto dirigente del Partido de los Trabajadores Dominicanos –PTD_ , y se me reafirma el concepto que en tono de queja, de exhortación y de llamado me han oído expresar mis compañeros.
La izquierda dominicana tiene una historia rica, pero le da poco valor. No lo digo por haber escrito algunos garabatos sobre esa historia, sino por la conciencia de la importancia que encierra el darle valor a ese patrimonio.
Al margen de los resultados de sus luchas, en los hombres y mujeres del movimiento hay acumulado un envidiable caudal de informaciones y experiencias que ya quisieran tener los movimientos revolucionarios de no pocos países.
Escuché a Fidel contarme su experiencia personal que se remonta a los tiempos finales de la tiranía trujillista y adquiere un valor especial al entrar en las incidencias de la guerra de abril.
Él cuenta esos hechos y su papel en ellos sin pretensiones ni arrogancias. Desde la modesta condición de un combatiente, sin poses de superhéroe ni comandante, cuenta la guerra por dentro, desde abajo, desde la cotidianidad.
Habla de los esfuerzos de los combatientes que, escasos de armas y de pericia militar, enfrentan el poder de un ejército regular y lo derrotan inicialmente; se hacen fuertes, establecen su primer comando en el patio de un prostíbulo de un barrio popular y aprender a pelear peleando.
Me narró su tormentoso paso por el cuartel policial de San Francisco de Macorís desde el 25 de junio de 1965, cuando los constitucionalistas trataron de tomar la fortaleza militar de esa ciudad.
Encerrado allí vivió la experiencia desgarradora de sentir morir a palos a Baldemiro Castro y varios compañeros más. “Oí los el ruido de los golpes, pero no escuché ni un solo grito de las víctimas”, me confesó Fidel. Me fue imposible oirlo sin emocionarme profundamente.
Le reprendí fraternalmente el que atesore tanta historia y no la escriba. Él puede hacerlo perfectamente. Y ese es el caso de cientos de hombres y mujeres luchadores.
La izquierda ha permitido que el inmediatismo la consuma y que se haya roto el hilo de la tradición que debe unir las distintas generaciones de militantes.
La solución de ese vacío pasa por el rescate de su propia historia, hoy dispersa en las vivencias y los recuerdos de muchos, pero que corre el riesgo de perderse.
