¿Qué hacer con la ira?

José Mármol
José Mármol

En los últimos meses, la prensa nacional ha dado cuenta de actos de linchamiento contra sujetos presumiblemente delincuentes.

Se trata de ejecuciones violentas o iracundas perpetradas por miembros o grupos comunitarios que han visto frustrados sus inveterados reclamos de seguridad personal y ciudadana, justicia, empleo, sanidad, educación, habiendo recibido solo represión, exclusión y pobreza, que se traducen en incredulidad en el sistema democrático y en pérdida de toda forma de esperanza en un mundo y una vida dignos.

Los linchamientos remiten a los más férreos argumentos de códigos antiguos sobre puesta en vigor de una ira moderada o institucionalizada, como por ejemplo, la ira mosaica para la instauración de los Diez Mandamientos, la ley judía del Talión o el Código de Hammurabi.

El filósofo italiano Remo Bodei, luego de un dilatado recorrido por la ira, cólera, venganza, soberbia, odio y otras formas de expresión de las pasiones y los instintos que desbordan los diques racionales de la moderación, desde la antigüedad hasta nuestros días, pasando por las literaturas griega, latina, bíblica, patrística, tomista, del pensamiento moderno, ilustrado y contemporáneo, hasta los regímenes totalitarios y democráticos, sustenta que en la contemporaneidad, caracterizada por un individualismo de masas, la ira se manifiesta en la difusa irritabilidad de cada individuo en particular o de los grupos y comunidades, en función de las situaciones de crisis con las que tropiezan; o bien, sus demandas y derechos humanos insatisfechos o incumplidos.

La indignación y la cólera actuales se condensan en las protestas de los ciudadanos, en las huelgas, en las contradicciones manifiestas dentro de partidos, sindicatos y corporaciones; también en expresiones de mayor rebeldía o alzamiento contra el orden establecido como son las guerrillas en Latinoamérica, losa indignados en Europa y EEUU y los disidentes frente a regímenes totalitarios o antidemocráticos como las revoluciones decadentes y el ridículo y falso socialismo del siglo XXI. Por eso, en su libro “La ira.

Pasión por la furia” (2013), Bodei afirma que en nuestro tiempo la ira sigue representando la fuerza que impulsa a los individuos y a las colectividades hacia la “autoafirmación”, a través del sostenimiento y la acreditación democrática de sus reivindicaciones y motivaciones sociales.

En los linchamientos de nuestro país podemos acusar la presencia de la ira, aun sea como atisbo vestigial, como manifestación de solidaridad contra el mal, en una sociedad que padece déficit de vínculos humanos, a consecuencia de un sentimiento de impotencia y decepción ciudadanas frente a la corrupción pública y el velo de impunidad que la disfraza y legitima, desde los poderes del Estado, con cuya voracidad se generan mayores desigualdad y pobreza.

Más que la justicia como fin, los linchamientos reflejan la rabia, la ira de ciudadanos sumidos en la incertidumbre y la marginación; ciudadanos que se sienten traicionados, engañados, manipulados y humillados por un discurso político que les ha ofrecido respeto, oportunidad de progreso y justicia social sin que ninguno de ellos haya tenido lugar en sus vidas ni parecería tenerlo en las de sus descendientes.

A esa lógica política populista y clientelar le sale al frente una lógica de las pasiones que transgrede las normas jurídicas y el estado de derecho, en los que, de hecho, los individuos creen cada vez menos.

¿Se trata, pues, de una ira justa o injusta? No lo sé. Lo que sí queda claro es que el discurso y la praxis del poder político-económico contemporáneo debería evitar la fermentación de la ira -pasión enraizada en el alma humana-, como un dispositivo de conflictividad ética, jurídica y social. La moderación es la respuesta.