¿Qué hacer?
Coincido plenamente con quienes denuncian el ventajismo del partido oficialista, el uso de los recursos del Estado y el control que tiene sobre los organismos supuestamente árbitros del proceso electoral.
Algunos analistas pintan ese cuadro disparejo y hasta claman porque la oposición se lance a una lucha por cambiar la Junta Central Electoral y las altas cortes, para sustituirlas por otras nuevas.Y hasta se pronuncian en favor de la abstención si esas instituciones no se cambian.
Respeto escrupulosamente esa línea de opinión, pero considero que en este país no hay condiciones para que una línea como esa tenga éxito.
Esas pretensiones están muy por encima del nivel de desarrollo del movimiento opositor y del actual estado de ánimo de las masas.
Una lucha con esos fines debió organizarse con mucho tiempo de anticipación y no tres meses antes de las elecciones.
Ni el liderazgo opositor ha estado en esa onda, ni las masas lucen dispuestas a seguirlos resueltamente en una batalla política como esa.
Me consta que el Acuerdo de Santiago, aquella coalición que en mayo de 1974 arrinconó el régimen balaguerista, no fue cosa improvisada.
Aquel movimiento se trabajó con tiempo, tuvo como base un movimiento de masas tan combativo que a veces adquiría matices de franca insurrección. Aún así la reelección se impuso. La lucha entonces era tan dispareja como ahora, peor aún, porque el terror y el crimen políticos eran recursos cotidianos del grupo en el poder.
Para las elecciones del 1978, el doctor Peña Gómez cambió de orientación y sin que el pleito dejara de ser tan disparejo como siempre, en vez de retirarse, proclamó que desafiaría la realidad y su partido concurriría a las elecciones bajo cualquier circunstancia, aún bajo una lluvia de balas, dijo.
Todo el Estado estaba en manos y al antojo arbitrario del balaguerismo, pero con actitud hábil y desafiante, Peña Gómez y su partido pusieron al pueblo en pie y bajo la consigna del cambio, aquella violenta maquinaria de poder , que por momentos parecía inconmovible, fue liquidada.
Esa fue la historia y lo correcto ahora fuera seguir sus enseñanzas y, ante la imposibilidad material de lograr lo deseable y cambiar la Junta y las altas cortes, desafiar las adversidades y desventajas, vencer el miedo, conformar una voluntad nacional de cambio y atreverse a dar la pelea en las urnas. Lo demás sería llanto y lamentaciones.
