Promesas incumplidas de la modernidad

José Mármol
José Mármol

Si bien es cierto que los hombres y mujeres que vivieron la crisis de transición de la premodernidad a la modernidad durante los siglos XVII y XVIII, que, como sugiere Carlo Bordoni, en su diálogo con Zygmunt Bauman que dio a luz la obra “Estado de crisis” (Paidós, España, 2016), fueron arrancados de sus tierras y obligados a desplazarse a la periferia de las ciudades neoindustriales, extendidas en kilómetros de suburbios desolados, forzados a vivir en casuchas insalubres, harapientas y oscuras, coartados a trabajar en factorías que eran prisiones, con horarios inhumanos y salarios miserables; si bien estas mujeres y hombres alumbraron un período “sólido”, además, innovador, exitoso y referente de un capítulo singular de la historia humana, el cual desembocaría, en los siglos siguientes, en lo que nos hemos dado en llamar “progreso”, y en cuya definición misma se asume que habrían de quedar atrás los castigos económicos y físicos, los controles inhumanos de corte esclavistas, el hacinamiento contagioso y el implacable imperio de la necesidad a precio de la ignorancia; si bien son esos los hechos en los que la razón, en tanto que constructo lógico del pensamiento y el espíritu, se alzó sobre los dogmas y la doxa de ensombrecidos y encarnizados fideísmos, cabe ahora la pregunta acerca de si se cumplieron las promesas, y algo más tremendo aun, si ha valido la pena el decurso, quizás inevitable, de la premodernidad a la modernidad, y de esta última a la modernidad tardía, modernidad reflexiva o posmodernidad.

Dicho en otros términos, el tránsito de la era del mundo sólido a la era del mundo líquido.

¿De qué promesas hechas por el advenimiento de la modernidad estaríamos hablando? ¿A qué aspiraban pensadores modernos como Hobbes, Locke y Spinoza cuando convertían la razón en regla y certezas? Aspiraban a lograr seguridad jurídica, estabilidad económica y social, reconocimiento de la propiedad privada y del establecimiento de fronteras territoriales para impulsar la esperanza de la industrialización como vía de progreso; y progreso significaba acumulación de producción, riqueza, consumo y conocimiento.

La modernidad vio en la industrialización un objetivo primordial, que tuvo, a su vez, como precedente la preponderancia del comercio en el Renacimiento. La Revolución Industrial, originada en Inglaterra a mediados del siglo XVIII, para cerrar su clico a inicios o mediados de 1800 en el resto de Europa y EE. UU., implicó la mayor transformación económica, tecnológica y social de la historia, elevando el ingreso y nivel de vida de las poblaciones. Pero, además de certidumbre, orden, felicidad, paz y progreso, la mayor de las promesas de la modernidad estriba en una disyuntiva: o mayor libertad o mayor seguridad.

La trampa radica en que no se pueden conseguir ambos a la vez. La quimera o el engaño consisten en creer posibles la libertad, como igualdad, y la seguridad física, laboral y jurídicopolítica como conquistas simultáneas de la modernidad y de su relevo, la posmodernidad. El progreso mismo es un péndulo que oscila entre seguridad y libertad; y una se impone por el precio de otra.

De ahí que Bauman subraye, irónicamente, que la seguridad y la libertad solo son susceptibles de una conciliación mutua duradera en no mayor medida en que lo son los deseos de quien quiere estar en una procesión y repicando las campanas al mismo tiempo.

La civilización que soñó Freud aspiraba a un “equilibrio” y no a una “cooperación” entre seguridad y libertad. Por lo visto, libertad con seguridad es otra promesa incumplida de la razón moderna, un conflicto del cual no veremos jamás un final, menos aun, feliz.