Santo Domingo.– Dicen que de los fracasos se aprende, que es posible empezar una nueva etapa y, aunque no ha sido tan común en la historia de los partidos políticos resurgir como una organización nueva tras una división con la vieja estructura, el caso del Partido Revolucionario Moderno (PRM) fue uno de esos que terminó obteniendo logros que incluso rivalizan con los alcanzados por organizaciones que dominaron durante décadas el escenario político dominicano.
Las trifulcas en el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) siempre fueron tema de conversación mediática y, mucho antes de la existencia del PRM, ya habían surgido de sus divisiones nuevas organizaciones políticas, como el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), que resultó exitoso; el Partido Revolucionario Independiente (PRI); el Bloque Institucional Social Demócrata (BIS); el Partido Revolucionario Social Demócrata (PRSD), y la Alianza Social Dominicana (ASD).
Esta última se convirtió en la zapata de lo que hoy conocemos como PRM.
Para el año 2003, luego de una arañada victoria electoral en el 2000, con el inicio del declive del Partido Reformista Social Cristiano y un PLD todavía en proceso de consolidación, el PRD entró en otra de sus tantas crisis con la oposición de su entonces presidente, Hatuey De Camps, a la reelección presidencial de Hipólito Mejía.

El tema de la reelección presidencial había sido prácticamente tabú dentro de la organización y aquello dio paso a un nuevo escenario de división, a la fundación del PRSD y, posteriormente, a la aparición con fuerza del liderazgo de Miguel Vargas Maldonado.
Los números del partido eran malos, así que los billetes de Vargas Maldonado, quien había sido ministro de Obras Públicas, permitieron darle nuevas esperanzas a una organización que necesitaba oxígeno para competir en el certamen electoral del 2008.
Vargas Maldonado llegó a coquetear con un 40 % de los votos en ese proceso y la plana mayor del partido terminó entregándole, prácticamente sin objeción, la dirección de la organización.

Se entendía que sería el candidato natural del PRD para las elecciones del 2012, pero entonces el “hombre del 2 %”, como ya se conocía a Mejía por los números que inicialmente le atribuían algunas mediciones, sorprendió revitalizando sus estructuras políticas y, contra todo pronóstico, acabó de golpe y porrazo con las aspiraciones presidenciales de Vargas.
Pero aquel proceso fue accidentado para el PRD. Nunca hubo una verdadera coordinación desde la presidencia del partido. Miguel Vargas nunca se sumó plenamente a la campaña. Hipólito perdió unas elecciones que en algún momento creyó tener ganadas y luego vino el derrumbe.
Fueron muchos los intentos por apartar a Miguel Vargas Maldonado de la presidencia del partido. Todos fallidos.
Incluso hubo sillazos en procesos internos. Las decisiones de las altas cortes y la modificación de la composición de los organismos de dirección terminaron apartando y aislando a Hipólito Mejía y su grupo: Orlando Jorge Mera, Andrés Bautista y la todavía nueva corriente de seguidores de Luis Abinader.
Fue la voz de Hugo Tolentino Dipp, un viejo y respetado dirigente de la organización, la que terminó abriéndoles los ojos al resto: había que abandonar el PRD y formar un nuevo partido.

Al principio nadie le hizo mucho caso, pero las derrotas sucesivas en los tribunales y el continuo aislamiento de los puestos de dirección de los seguidores de Mejía y Abinader terminaron obligándolos a dar el salto.
Primero empezaron recorriendo el país en dos grupos, uno encabezado por Mejía y otro por Abinader.
Comenzaron a denominarse inicialmente Corriente Mayoritaria del PRD mientras pactaban con los dirigentes de Alianza Social Dominicana, una organización que había sido fundada por José Rafael Abinader. Eso les permitió iniciar el papeleo necesario para revestir a aquella estructura de una nueva identidad.
Por supuesto, el nombre original fue objetado por el PLD, que entonces encabezaba una poderosa alianza política junto a múltiples organizaciones minoritarias, y también por el propio PRD, que ya comenzaba a acercarse al oficialismo de la época.
Así que, casi a unanimidad, los partidos rechazaron que la antigua Alianza Social Dominicana pasara a denominarse Partido Revolucionario Mayoritario. Fue un duro golpe porque ya las siglas PRM comenzaban a popularizarse.
La salida fue simple. Cambiaron “Mayoritario” por “Moderno” y zas.
Para las elecciones del 2016, Abinader se impuso a Mejía en unas primarias en las que realmente hubo poca resistencia. Era una candidatura prácticamente condenada al fracaso en ese certamen electoral, pero había que hacer el trabajo. Había que sembrar.

Después de ese proceso siguieron intentando mejorar su posicionamiento y, aunque parcialmente lo lograron, todavía para octubre del 2019 eran pocos los que pensaban que el PRM terminaría convirtiéndose en gobierno apenas meses después.
El PLD era toda una maquinaria capaz de doblegar a cualquiera que se atravesara en su camino, pero les venció el ego. Así como dicen que a nadie le ganan realmente una partida de ajedrez, sino que son los errores propios los que terminan sepultándola, el PLD sepultó la suya. Pero ese es tema para otro artículo.
Vale decir, sin embargo, que el PRM supo beneficiarse de la división del PLD, de la separación de las elecciones municipales de las presidenciales y congresuales —un mandato constitucional que se aplicaba por primera vez— y de todo lo que vino después.
Fue así como canalizó un descontento y aprovechó un momento político que luego cimentó nuevamente en las elecciones del 2024, obteniendo una victoria de dimensiones pocas veces vistas en la historia democrática dominicana.
Hoy dan un nuevo salto, pero sin sillazos, sin trifulcas en los tribunales y sin aquel interminable palabrerío en los medios de comunicación. Parecen haber aprendido, al menos por ahora, que un simple paso en falso puede apartarlos del poder quién sabe por cuántas décadas.
Seguirán manteniendo, de alguna manera, el binomio Abinader-Hipólito, pero bajo una estructura diferente: con el mismísimo presidente de la República asumiendo la dirección del partido y Juan Garrigó como secretario general.
Quizás esa sea una de las principales diferencias entre aquel PRD que se acostumbró a destruirse desde dentro y este PRM que, por ahora, parece haber entendido que llegar al poder es difícil, y que para conservarlo no se pueden autodestruir.
