Una consecuencia de la prevalencia de las redes sociales como fuentes de noticias es la facilidad con que cualquier narrativa falsa puede convertirse en tendencia que impacta la opinión pública.
Peor aún, mucha prensa tradicional, para preservar vigencia y negocios sin perder lectores o influencia, afloja sus estándares y baja el baremo de la calidad informativa en vez de combatir la levedad digital.
Las percepciones sucedáneas de la realidad parecen el sueño cumplido de comunicólogos en alguna novela de Orwell. Su efecto social y político es más destructivo que cualquier atentado terrorista. Normalizan el absurdo, las mentiras y narrativas flagrantemente contrarias a los métodos científicos para determinar certezas o comprobar datos ciertos.
El liderazgo moral —en negocios, ciencia o política— no debe crearse ni mantenerse dando a las relaciones públicas, publicidad o propaganda ni al afán de controlar la narrativa, más importancia que a realidades, hechos, sucesos o experiencias de ciudadanos, clientes o votantes. Contrario a las reglas del derecho que crean las personas, las leyes de la física existen como parte de la naturaleza.
La hipnosis mediática o el marketing político pueden hacer creer que el mar es dulce y rosado, pero sigue siendo azul y salado.
Es una pena que algunas autoridades desdeñan la inteligencia con criterio por preferir la de quienes adornan las conveniencias pasajeras del poder. Así premian a los prestidigitadores o magos que truquean asuntos solemnes confundiéndolos con un circo, hasta que los tigres se comen a los payasos.