Preguntarse hoy, ¿quién soy yo?
Quisiera traer a colación, brevemente, el siguiente pasaje. A mediados del pasado siglo XX, superada la Segunda Guerra Mundial, barridos y sepultados en fosas comunes sus decenas de millones de muertos y echada la suerte de la Guerra Fría y la Cortina de Hierro de la Europa del este, que no verá su fin sino hasta la caída del Muro de Berlín en 1989, dos mentes preclaras expresaban su preocupación en torno a los designios de la humanidad en el futuro próximo.
Lo hicieron por medio de un diálogo sostenido entre los días del 12 de marzo al 2 de abril de 1956. Se trata de Theodor Adorno y Max Horkheimer, quienes junto a Herbert Marcuse y Erich Fromm fundaron la prestigiosa Escuela de Frankfurt, originada con la creación del Instituto para la Investigación Social, en 1923; pasa al exilio con el arribo de la delirante ideología nazi de Hitler al poder en 1933; y luego se fortalece como filosofía precursora y guía, desde una relectura de la obra de Marx sobre una plataforma interpretativa en base a Freud, de los acontecimientos de los años 60, protagonizados por las juventudes revolucionarias de Europa (Mayo del 68, París) y Checoslovaquia (Primavera de Praga, 1968), Estados Unidos (Berkeley del 64), y Latinoamérica (Octubre del 68, México).
La segunda etapa de esta escuela será encabezada por Jürgen Habermas.
El diálogo de los dos gigantes del pensamiento filosófico y social fue, probablemente, apuntado y dado a la posteridad por Gretel Adorno.
En él se plantean escribir un “manifiesto” en el que pudieran evaluar “la situación de hoy” (1956), en términos políticos, económicos, culturales y sociales.
Adorno expresa un íntimo sentimiento a Horkheimer y le confiesa que la sociedad no está avanzando hacia un Estado de bienestar social; va, en cambio, sujetando cada vez más a la gente y reduciéndoles su libertad, mientras crecen al mismo tiempo su racionalidad e irracionalidad. Se niega a imaginar que haya un mundo “potenciado hasta la locura” sin que se desencadenen fuerzas objetivas opuestas. Concluye: “El mundo no está solamente loco. Está loco y es racional”.
A esta reflexión Horkheimer le acota con una sentencia que apuesta por el pensamiento como una fuerza que pueda oponerse y resistir a ese desencadenamiento.
“En el acto de pensar está encerrada toda la esperanza”. Y a seguidas, en un gesto inherente al descontento moderno dice: “Pero bien podría imaginarme que esto cese”. Una coyuntura semejante es clave para que el individuo se haga la pregunta: ¿quién soy yo?
La situación de hoy está marcada por la incertidumbre, la precariedad material y espiritual, la inversión de valores universales convertidos en particulares, el predominio del interés individual sobre el general, una política vital centrada en un yo que aplasta inmisericordemente al nosotros, identidades esquivas y volátiles que suplantan la otrora identidad fija, trabajos temporales, desigualdad, hambrunas, relaciones familiares y humanas “de bolsillo” o utilitarias, la victoria procaz del tener sobre la virtud de ser, la perversa relación costo-beneficio, entre otros males y daños colaterales de la modernidad, posmodernidad y globalización.
¿Quién soy yo hoy, si no tengo hogar, carezco de vínculos solidarios, soy un refugiado temporal desplazado por guerras, no tengo educación, alimentación, sanidad, seguridad ni libertad? ¿Quién soy yo si el Estado y las leyes que me fundamentan, en términos de orden individual y social, son una fantasía, una quimera territorial y los liderazgos políticos puro vodevil?
Este mundo, que se globaliza, pero se autodestruye, está loco y esa locura es racional. ¿Cuál habrá de ser el pensamiento de la esperanza? ¿Cuál será mi deber, si no sé quién soy?
