Por si pude haber fallado, mamá
La celebración del Día de las Madres trae consigo un inestimable mundo de sensaciones. Recuerdos de infancia, regaños, risas estridentes, complicidad, comidas favoritas, castigos, paseos inolvidables, juegos caseros, en fin, vivencias que días como estos refrescan la memoria.
Al recordar mis primeras experiencias vitales junto a mi madre, la sonrisa que me provoca se entremezclan con la humedad propia de una que otra lagrimita que, intempestivamente, invaden mis emociones.
Mi madre nunca buscó protagonismo. En un hogar donde mi padre construyó, a lo largo de los años, una presencia pública reconocible, ella eligió, con la misma firmeza con que se escogen las cosas verdaderamente importantes, quedarse del otro lado de las cámaras. Comprendió, antes que todos, que la familia es el escenario más exigente, y que alguien tenía que sostenerlo desde su base.
Hay una recuerdo que se vuelve presente al pensar en mamá, con esa obstinación que sólo tiene lo auténtico y verdadero, no es una imagen grandilocuente ni solemne: es ella, de madrugada, antes de que la casa despertara, moviéndose por la cocina con esa silenciosa eficiencia que nunca necesitó aplausos ni cámaras ni público, ni nadie que acreditara su importancia. Sin embargo, todo lo imprescindible en mi vida, empezó exactamente en esa inagotable fuente de amor que labró en silencio y con abnegación; sentimientos que tardé demasiados años en saber leer, comprender e interpretar.

Mi padre, como ya señalé, construyó su historia en espacios visibles: la televisión, el teatro, la política, la vida pública —territorios donde los nombres se graban y las caras se reconocen— fue el escenario natural de su trayectoria. Yo crecí dándole un riguroso seguimiento a ese proceso evolutivo, y durante mucho tiempo confundí esa visibilidad con la medida de las cosas. Fue ella quien me corrigió, no con palabras, sino con sus acciones diarias de honestidad, mansedumbre y generosidad a toda prueba: el ejemplo que sostiene, que perdura, el que rara vez tiene acólitos.
En un mundo que premia la exposición, mi madre eligió la trinchera doméstica con una convicción que hoy reconozco como acto de nobleza y entrega óptima. Quedarse no era resignación, era decisión. Era saber que alguien tenía que anclar el barco mientras otros navegaban, y que ese alguien, en nuestra familia, sería ella. Lo fue, siempre lo fue.
La recuerdo resolviendo tanto lo urgente como lo importante: el uniforme planchado a tiempo, la fiebre atendida a medianoche, la conversación difícil que ella enfrentaba con entereza. Esos asuntos que en su momento parecían rutina y que con los años uno descubre que eran, en realidad, el tejido completo de una vida que ella concibió con actitud tenaz y espartana.
Por si pude haber sido inexacto, impreciso e imprudente, te escribo desde la gratitud y el más noble amor que puedo ofrecerte, mamá.
Pude haber sido inconsecuente cuando preferí mis urgencias a su compañía. Cuando interpreté su silencio como comodidad y no como una muestra de tolerancia y paciencia. Cuando la inmadurez se vistió de arrogancia, llevándome a marginar los valores esenciales del hogar. Y sin embargo, a pesar de los desaires y los disensos, ella continuó imperturbable, no archivó asperezas ni acritud como sentencia, digamos que lo asumió como parte de las improcedencias en el lógico proceso formativo de todo hijo.
Al improvisar estas líneas, pienso en los momentos vividos con ella; en los pleitos que surgían desde la estrecha relación filial con mis hermanos, en su insistencia por hacernos probar lo que en infinidad de ocasiones habíamos rechazado comer. Pienso en esa capacidad reservada para los seres humanos excepcionales, esa que provoca amar desde el desprendimiento y desde del desinterés, amor que sólo pude asimilar en alguna proporción desde el privilegio que otorga la paternidad.
Estos días me hacen reconectar con ella, con su dulzura, nobleza y bonhomía, características que marcaron mi vida desde que hicimos el primer contacto visual y me encontraba bajo el cobijo de sus brazos.
Lo que soy, en gran medida, tiene su origen en ella, y no está asociado directamente a los escenarios que he pisado ni a los reconocimientos que he podido haber obtenido, sino más bien, al fundamento de toda esencia humana: el sentido del deber, la compasión hacia el padecimiento ajeno, las convicciones respecto del honor y el respeto.
No todos los hijos desarrollamos la misma soltura para expresar lo que anidamos en nuestro interior, no por ingratitud, sino por una especie de torpeza afectiva que confunde la ausencia de palabras con fortaleza.
Hoy quiero romper ese mutismo: si en algún momento pude haberle faltado, por una llamada que no hice, por un abrazo que no se concretizó, o por palabras que guardé cuando debieron ser pronunciadas, quiero recordarle que nunca fue porque la amara menos. Hoy, al tener mayor conciencia crítica y analítica lo admito como un reprochable descuido.
Al final, no quisiera que mi madre asuma este breve escrito como una letanía de pretextos, excusas o justificaciones, no ha sido mi intención. Sólo quiero recordarle mi amor incondicional, el reconocimiento de que su presencia y enseñanzas han sido fundamentales en la conquista de mis modestos logros profesionales y en el desempeño de una vida que he procurado con vivirla con dignidad. Por ello, sin protocolos ni distancias, con el alma abierta y la deuda reconocida: perdóname, por si pude haber fallado, mamá.
leídas