Política comercial y comercio internacional en los tiempos actuales
En los actuales momentos de redefiniciones geoestratégicas, marcados por la reconfiguración del orden económico internacional y por la ubicación estratégica de los países dentro de las áreas de influencia de las grandes potencias, resulta evidente que las decisiones comerciales adquieren una importancia trascendental.
En ese contexto, muchos economistas coincidimos en que a la República Dominicana le conviene fortalecer su cercanía económica con los Estados Unidos mediante el llamado nearshoring o relocalización productiva de proximidad, aprovechando nuestra cercanía geográfica, estabilidad relativa y ventajas logísticas.
Los beneficios del comercio internacional son ampliamente conocidos. Cuando una nación adquiere bienes o servicios que pueden producirse a menor costo en el exterior, se generan ganancias de eficiencia que elevan el nivel de vida de sus habitantes. El intercambio comercial, cuando opera bajo reglas claras y competitivas, produce beneficios mutuos para productores y consumidores.
El consumidor dominicano ha experimentado una profunda transformación en sus gustos y preferencias con el paso de los años. Se ha internacionalizado, ampliando sus patrones de consumo y adaptándose a nuevas formas de comercio, particularmente al comercio electrónico.
En ese sentido, cursan propuestas orientadas a gravar con el ITBIS las compras realizadas por internet, así como determinados servicios de plataformas digitales de entretenimiento y eventos deportivos. Estas medidas podrían generar debates y eventuales reclamos de nuestros principales socios comerciales, dada su incidencia sobre la economía digital.
La competitividad de nuestras empresas exportadoras reviste singular importancia en el escenario actual. La calidad de muchos productos dominicanos ha mejorado considerablemente, permitiendo una mayor penetración en mercados internacionales y contribuyendo al crecimiento del PIB, a la generación de divisas y, en consecuencia, a una mejora del nivel de vida.
Siempre que la demanda internacional encuentre conveniente adquirir nuestros productos —ya sea por calidad, sabor, originalidad, características especiales o ventajas comparativas— el país y sus productores resultan beneficiados. El consumidor global dicta tendencias, mientras las eficiencias productivas terminan imponiendo la dinámica de los mercados.
No obstante, algunos sectores afectados por la competencia extranjera mantienen una oposición persistente al libre comercio. En nuestro entorno, este fenómeno suele manifestarse frente a la creciente presencia de productos provenientes de China, situación que inevitablemente se inserta dentro de las tensiones geopolíticas entre las grandes potencias.
Si revisamos la historia del pensamiento económico, encontraremos en Adam Smith y David Ricardo a los principales fundamentos teóricos del libre comercio. También resulta pertinente recordar al historiador británico Thomas Babington Macaulay, autor de The History of England, quien señaló que “el libre comercio es una de las mayores bendiciones que un gobierno puede otorgar a un pueblo, aunque suele ser impopular en casi todos los países”, aludiendo claramente a la resistencia de ciertos productores locales.
Ricardo sostenía que el comercio internacional está impulsado por los costos comparativos de producción más que por los costos absolutos. Esto significa que un país puede ser más eficiente que otro en la producción de todos los bienes y, aun así, beneficiarse del comercio especializándose en aquellos donde posee una ventaja comparativa superior.
En el caso dominicano, esa especialización se refleja en productos como los cítricos, tabaco, ron, azúcar, cacao, café gourmet y diversos rubros agrícolas tropicales. Paralelamente, importamos maquinarias, equipos industriales, vehículos y bienes de capital cuya producción local resultaría menos eficiente.
Gracias a la ventaja comparativa, el comercio internacional eleva el bienestar general. Posteriormente, los economistas suecos Eli Heckscher y Bertil Ohlin ampliaron esta visión mediante la teoría de la dotación de factores, conocida como modelo Heckscher-Ohlin, según la cual los países tienden a exportar bienes intensivos en los factores productivos relativamente abundantes en sus economías.
Esto explica por qué las economías desarrolladas exportan bienes intensivos en capital y tecnología, mientras muchas economías en desarrollo se orientan hacia bienes intensivos en trabajo. Sin embargo, esta clasificación ha evolucionado. La agricultura moderna, por ejemplo, depende cada vez más de la mecanización, automatización e innovación tecnológica.
Cuando una economía se abre al comercio, se producen ajustes automáticos entre industrias y sectores. Algunas actividades pierden competitividad, mientras otras se fortalecen. En ese sentido, el resurgimiento de políticas arancelarias proteccionistas representa, en muchos casos, un retroceso frente a la dinámica global.
La competencia con China constituye un caso emblemático. Su acelerado desarrollo tecnológico, industrial y logístico ha transformado profundamente los mercados internacionales, rompiendo paradigmas que durante décadas parecían inamovibles.
La competencia extranjera ejerce presión sobre las ganancias de las empresas locales, obligando a aquellas menos eficientes a transformarse o desaparecer. Aunque este proceso puede resultar traumático en el corto plazo, también genera incentivos para la innovación, la incorporación tecnológica y la mejora continua de los procesos productivos.
Los modelos económicos tradicionales utilizados para evaluar el impacto del comercio exterior muchas veces subestimaron variables esenciales como la transferencia tecnológica, la innovación inducida por la competencia y la diversificación de productos.
El libre comercio, bien gestionado, contribuye a la eficiencia mundial. Cuando un país se integra exitosamente al comercio internacional, el capital y la mano de obra tienden a desplazarse hacia los sectores más dinámicos y competitivos, elevando la productividad y fortaleciendo el bienestar económico general.
Para la República Dominicana, el reto no consiste en cerrarse al comercio internacional, sino en insertarse estratégicamente en él,fortaleciendo sus capacidades productivas, elevando sus estándares tecnológicos y aprovechando las oportunidades que ofrece un mundo cada vez más interconectado.
leídas