Idealmente, ser un país chiquito casi obliga al “anti-imperialismo”, más si tres veces ocupado por marines gringos, como República Dominicana.
Prácticamente, qué bueno que nuestros revolucionarios de 1965, sus continuadores del 66 al 78 y otros zurdos, no lograron convertirnos en otra Cuba, que lleva casi siete décadas de absoluto fracaso socioeconómico y atraso político, subsidiada antes por Rusia y desde hace 25 años por la secuestrada Venezuela.
Pese a todas las imperfecciones, qué bueno que Trump y Marco Rubio llevaron a Maduro ante un tribunal gringo por sus cargos criminales por narco.
Qué bueno que los recursos de Venezuela sean explotados por firmas privadas gringas con contratos legales que garanticen que la prosperidad generada sirva para restablecer su democracia y el imperio de la ley.
¿Que los gringos quieren el petróleo, oro y demás recursos de Venezuela? Claro que sí, ¿quién no? Mil veces mejor que sea así, en vez de que esa riqueza sea desviada para mantener a los dictadores cubanos y nicaragüenses, permitir operaciones rusas y chinas en el Caribe, atraer fanáticos iraníes y terroristas de Hezbolá y financiar políticos anti democráticos o comunistas aquí y en otros países.
No es moralmente coherente ni defendible contrariar el inicio de la liberación de Venezuela mientras no se criticó, atacó ni combatió la nefasta revolución chavista que quebró a ese rico país que hoy es una fracasada dictadura con hambrunas, sin respeto de las libertades públicas.
Un brillante aspecto del Gobierno del presidente Abinader es su respaldo inequívoco al retorno del imperio de la ley y la democracia a Venezuela, apoyado por la eficaz labor del canciller Roberto Álvarez.
La detención de Maduro para su juzgamiento en Nueva York es apenas el inicio del rescate de Venezuela, subyugada por los comunistas cubanos. Aplaudo que estemos del lado moral y legalmente correcto de la historia.