La nación debe agradecer que nuestro presidente sea el líder regional que con más coherente insistencia lleva desde 2020 ante la asamblea general de ONU la urgencia de enfrentar la crisis de Haití con acciones efectivas más que con “platitudes” diplomáticas.
Ningún vocablo u otro neologismo define el asunto mejor que “platitud”, que significa expresión hueca sin originalidad ni espinazo que se repite hasta perder significado o fundamento. Esa voz la uso yo, no Luis, ante las sucesivas resoluciones de la ONU para enfrentar la disolución del Estado haitiano y los graves riesgos que representa para la estabilidad regional, especialmente nosotros, su único vecino terrestre.
Todo lo dispuesto hasta ahora por la ONU carece de suficientes medios para cumplirse. Por ejemplo, la actual Fuerza de Supresión de Bandas espera todavía tropas, recursos y ganas indispensables para arrebatar a las bandas el control territorial y restablecer la legalidad e instituciones haitianas. Sin cumplir esa misión, ¿cómo podrá el tenue Gobierno efectuar en diciembre su propuesta pantomima de elecciones? ¿Buscan aparentar una falsa institucionalidad que legitime que las potencias se desentiendan de Haití o hagan negocios como en Venezuela? Hay que desarmar a la población y castigar a quienes financian y se benefician de las bandas.
También sanear y fortalecer su Policía, Ejército, administración pública y sistema judicial, tan incapaces o cómplices que tras cinco años sigue impune el magnicidio de Moise; hablar de su Congreso es una burla cruel. Nuestro país ha hecho más que ningún otro por Haití, pese a nuestra trágica vecindad.
Tal como reiteró Abinader: no existe una solución dominicana para la crisis haitiana. Sin ayuda ellos solos no saben ni quieren. No podemos cansarnos de insistir, pues es cuestión de supervivencia y auto preservación.
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