Pésimo papá
Algunos neotrujillistas quieren presentar al dictador Trujillo como un padre amoroso y ejemplar que, pese a sus defectos como sátrapa sanguinario y ladrón, poseía al menos ese aspecto admirable en su retorcida personalidad.
Lo desmiente un alud de evidencias al contrario. Trujillo fue un pésimo padre. Muy pocos de sus descendientes pudieron librarse de sus malas influencias o vivir dentro del marco del respeto y la decencia. Su primera hija Flor de Oro confesó en la prensa cuán mala y problemática fue su relación con su papá, al punto de enemistarse con él.
Mario Read Vittini y otros escritores como Balaguer, refieren el terrible discurso que dijo Trujillo para descalificar a su hijo Ramfis durante la fiesta para celebrar su decimoctavo cumpleaños.
Tras escuchar a su padre quejarse de que no era “el hombre que hubiera deseado” y acusarlo de incapaz, Ramfis dijo adoloridamente: “Mi padre está equivocado porque no me conoce y nunca me dio la oportunidad de tener una verdadera relación de padre a hijo”. Radhamés, a quien Trujillo premonitoriamente llamaba “Le Vagabond”, tuvo una muerte de mafioso de segunda, involucrado en narcotráfico con bandas colombianas en Panamá.
Angelita, cuyo gusto escogiendo maridos demuestra cómo se educó su criterio, dijo por televisión cuánto le mortificaba la licenciosa vida y desenfreno sexual de Trujillo, quien tomó como amante al menos a una de sus mejores amigas.
Oír que el monstruo de San Cristóbal fue un buen padre o un abuelito cariñoso da náuseas. Sería catastrófico olvidar cómo Trujillo envileció al país.
