El asesinato de Rosa Marte, educadora de 67 años conocida como Rosita, ocurrido el 9 de julio pasado, ha dejado una huella profunda en la conciencia nacional.
La confesión de su nuera, Mariely Figuereo, sargento de la Fuerza Aérea, quien la engañó con la noticia de un supuesto accidente para llevarla a la muerte, no sólo constituye un crimen atroz, sino también una expresión de la perversidad que puede anidar en personas perturbadas, sin alma y hostiles.
Este caso, que estremeció a República Dominicana, encuentra un inquietante paralelo en la literatura de Edgar Allan Poe.
En “El gato negro”, el narrador describe cómo la perversidad lo impulsa a cometer actos crueles contra su mascota y, finalmente, contra su esposa.
El autor estadounidense (1809-1849) escribe: “No hay pasión que tan poco se acomode con la naturaleza del hombre como la perversidad. Y, sin embargo, ¿quién no ha cometido alguna vez una acción vil o estúpida, por la sola razón de que sabía que no debía hacerla?”.
En Poe, la violencia surge sin motivo aparente, como un desafío a la moral y a la razón. En el caso de Rosita, la violencia se manifiesta en el engaño y la traición de una nuera hacia su suegra, utilizando como arma mortal la confianza familiar, aunque a juzgar por las informaciones, mantenían una relación muy distante. Ambos relatos, el literario y el real, muestran que la perversidad puede infiltrarse en cualquier espacio como un taladro que perfora todo lo que toca.
El hecho de que la agresora sea miembro de las Fuerzas Armadas introduce un elemento más perturbador, en el que la institucionalidad se ve interpelada porque la violencia no se limita al ámbito privado, sino que, lamentablemente, involucra a quienes deben representar autoridad y disciplina.
Este crimen plantea preguntas urgentes: ¿Qué protocolos existen para detectar conductas violentas en los cuerpos castrenses? ¿Cómo garantizar que quienes portan uniforme no se conviertan en agentes del mal o de la inseguridad dentro de sus propios hogares? ¿Qué pasa por la cabeza de un ser que actúa en forma tan vil, como lo ha hecho la confesa autora de este crimen?
Hay muchas preguntas, muchas más que las propias respuestas y, aunque las tuviéramos, aún así no habría forma de explicar lo acontecido y esperar que una persona en su sano juicio y con un comportamiento humanizado y socializado pueda entenderlo. ¡No hay forma!
Este deleznable caso exige revisar los mecanismos de control, evaluación psicológica y formación ética en las Fuerzas Armadas y en cualquier instancia, cuyos miembros estén vinculados con la práctica de la protección y la seguridad a sus semejantes.
La tragedia de Rosita, quien fue sacada de su hogar, en la provincia Duarte, por la nuera que la llevó a la provincia Azua, donde la mató, debe convertirse en un punto de inflexión, que impida que la violencia se normalice o que la sociedad se acostumbre a verla como un espectáculo mediático.
La convivencia pacífica requiere compromiso colectivo. Ningún conflicto justifica arrebatar la existencia de otro ser humano. La empatía y el diálogo son herramientas para resolver tensiones antes de que devengan en violencia.
El relato de Poe y el caso de Rosita hacen recordar que la violencia no siempre tiene una explicación racional. La perversidad humana puede manifestarse como un impulso oscuro que desafía la lógica.
Pero la sociedad no puede resignarse a esa fatalidad. Hay que reforzar los valores de respeto y solidaridad, para evitar correr el riesgo de convertir los espacios que habitamos en terreno fértil para la anarquía y la deshumanización.
El asesinato de Rosa Marte no debe quedar reducido a un expediente judicial ni a un titular pasajero. Debe convertirse en un llamado urgente a revisar nuestras instituciones, comenzando por la familia, a prestar atención a la salud emocional, a fortalecer los mecanismos de prevención y a cultivar una cultura de paz. ¡Es urgente!
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