La inflación es un fenómeno de enorme sombra y ruidosa para la población consumidora y la opinión pública, la cual se profundiza a medida que los salarios, el poder adquisitivo y las tasas de interés registran un fuerte deterioro que trastorna el curso de la economía y genera incertidumbre entre los consumidores. Y es que la inflación tiene distintas manifestaciones y derivaciones negativas para el buen funcionamiento económico, fruto de que la inflación crea problemas al instante y la dimensión menos deseados.
Se trata de que el fenómeno inflacionario se caracteriza por su complejidad y la forma tenebrosa en que la misma se incuba y se exterioriza mediante consecuencias negativas indeseables que desfavorecen a los consumidores, los que menos tienen. Por tales razones, cuando la inflación se torna dominante y progresiva, esta situación se traduce en perjuicio de millones de individuos que conservan sus ahorros en efectivo en las diferentes entidades bancarias.
Y es que el fantasma de la inflación impacta de manera desgarradora en el sector financiero por el hecho de que los depósitos bancarios remunerados son deteriorados por tasas de interés reales desfavorables o negativas, lo cual tiende a desestimular los ahorros. Por igual, la complejidad y la incertidumbre que se derivan del flagelo de la inflación inducen a una perspectiva de desconfianza en el sentido de que los precios alcanzarán altos niveles y esto de por si favorece un incremento del gasto presente, lo que en la práctica se traduce en un deterioro del ahorro, lo que significa la creación de un escenario de intranquilidad e incremento de una atmósfera de fragilidad ante acontecimientos desfavorables.
La profundización del malestar inflacionario predominante tiende a generar efectos mucho más graves que los que probablemente se derivan de un endurecimiento monetario que lo advierta. Tal panorama desarrollaría un ambiente forrado de incertidumbre, lo cual construiría un clima de entorpecimiento agudo para las operaciones de los negocios y desincentivaría las decisiones de inversión financiera y infraestructura física.
Pero cuando se produce una fragilidad en el poder adquisitivo, esta se expresa en un deterioro de la capacidad de pagos de los deudores de las entidades bancarias, generándose así un acrecentamiento de riesgo financiero, en particular, el riesgo de crédito. Tal situación encuentra una explicación en la inestabilidad prolongada de precios, la cual es un factor fundamental que obstaculiza el potencial de crecimiento de la economía.
Corresponde al Estado, a través de sus órganos competentes, impulsar acciones efectivas para contrarrestar los fenómenos perturbadores que, como la inflación, desaceleran la estabilidad financiera e incrementan la inestabilidad económica y social, por lo que se impone apelar al criterio del uso de metas. Por tal razón, el banco central, como órgano del Estado, es fundamental para mantener la estabilidad de precios y asumir la responsabilidad institucional de alcanzar ese objetivo, razón por la cual, desde principios de la década de los noventa, a escala global se ha migrado desde el ancla cambiaria a la meta de inflación en la actualidad.
Pues con el esquema monetario, como la meta u objetivo de inflación, se da inicio a la diferencia con el esquema de ancla cambiaria, lo cual es favorable para lograr una efectiva aplicación de la política monetaria con la finalidad de afrontar cualquier eventualidad de shocks que perturben a la economía, así como desarticular cualquier probabilidad de resistir embestidas de carácter especulativo. Por tal sentido, la meta de inflación trasciende cualquier narrativa simplista de carácter mediático, ya que lo único que se procura es la estabilidad de precios, orientando a que la velocidad de crecimiento de la inflación se encuadre en el rango de inflación establecido, pero de modo alguno implica que los niveles de precios hayan disminuido.