Peña Gómez el alcalde

Víctor Féliz Solano
Víctor Féliz Solano

Hablar de José Francisco Peña Gómez sólo como líder político nacional sería reducirlo. Antes que candidato presidencial, antes que figura cimera de la democracia dominicana, Peña Gómez fue también un gran municipalista. Y ese ángulo merece ser rescatado, sobre todo en un país donde muchas veces se desprecia la gestión local como si fuera una categoría menor del poder público. Sin embargo, gobernar una ciudad ha sido siempre una de las tareas más difíciles del Estado.

Peña Gómez asumió la Alcaldía de la capital con apenas 45 años, en una época particularmente compleja. No se trataba de la ciudad compacta que algunos imaginan hoy.

Era una capital inmensa, de casi 1,800 kilómetros cuadrados, con una realidad urbana, suburbana y rural a la vez. Había que gobernar y atender, con el mismo sentido de responsabilidad, lugares como Pedro Brand, La Guáyiga, Los Alcarrizos, La Victoria, Boca Chica y La Caleta. Aquello exigía visión territorial, sentido práctico y una enorme capacidad para priorizar.

A esa complejidad geográfica se sumaba la precariedad financiera. Los recursos municipales de entonces provenían de pocos arbitrios, tasas por servicios limitadas y presupuestos atados muchas veces a la voluntad política del poder central. Como si fuera poco, el ambiente nacional estaba cargado de un fanatismo partidario casi fundamentalista. En ese contexto, administrar el cabildo no era un ejercicio de comodidad, sino una prueba diaria de inteligencia, paciencia y vocación pública.

Por eso merece destacarse la capacidad de inventiva de Peña Gómez. Su gestión no se limitó a lamentarse por la escasez. Supo abrir puertas, tocar voluntades y aprovechar la cooperación internacional como palanca de desarrollo local.

En cuatro años, el ayuntamiento manejó RD$131,719,256.00, y de ese total RD$42,285,303.19 provinieron de donaciones, equivalentes al 32 % de los recursos administrados. Italia, Francia, Suecia, España, Taiwán, Corea, Japón, Estados Unidos, Puerto Rico, México, Venezuela y Alemania figuraron entre los cooperantes. Aquello revela algo esencial y es que cuando el municipio no tiene suficiente, el buen alcalde no se rinde; crea, gestiona y convence.

Peña Gómez gobernó además en una etapa en la que el país apenas superaba los estragos del ciclón David y la tormenta Federico.

La ciudad y sus comunidades arrastraban heridas sociales profundas. En medio de esas limitaciones, su enfoque fue claro, la acción local como eje del desarrollo. Entendió que el ayuntamiento no debía ser una oficina ornamental, sino el primer rostro del Estado ante la gente.

También es digno de resaltar el papel del Concejo de Regidores. Eran 62 regidores distribuidos en cuatro bloques políticos, y su función era honorífica. Aun así, muchos supieron contribuir, sin traicionar la línea de sus organizaciones, a mejorar las actuaciones del síndico, como entonces se le llamaba al alcalde.

Esa experiencia deja una enseñanza vigente y es que el gobierno municipal no puede ser rehén del sectarismo.

Cuando se piensa en los habitantes, el derrotero ideológico debe ceder espacio a la sensatez.
Peña Gómez, el alcalde, debe servir hoy de ejemplo a las actuales autoridades y a quienes aspiran a serlo. La municipalidad es una especie de sacerdocio cívico.

Exige creatividad, contacto directo con la gente, uso inteligente de las asambleas comunales y capacidad para anteponer el interés colectivo al cálculo partidario. Gobernar una ciudad no es exhibirse; es servir. Y en esa escuela, Peña Gómez dejó una lección que todavía espera ser aprendida.

Un buen alcalde no es el que más promete, sino el que mejor interpreta el dolor, la necesidad y la esperanza de su comunidad.