Un año que empieza es siempre propicio para adentrarnos en reflexiones sustantivas. En el misterio de la vida y sus problemas, hay una búsqueda incesante que es intrínseca al hombre y la mujer: la felicidad, un deseo no siempre materializado y una necesidad de satisfacción compleja.
Todos queremos ser felices. Esta aspiración es abordada por los filósofos como fin o como objetivo, tanto humano como político. Para Aristóteles, la felicidad es la interacción con los demás congéneres. En su concepción, la sociedad es el sostén y la felicidad del individuo. Prescindir de la condición social, era ser bruto o ser Dios.
Para Buda y Lao Tse la felicidad es camino, no fin, es el vivir en el aquí y en el ahora y reduciendo al máximo los deseos y los apegos.
Como objetivo de las políticas públicas, la felicidad se vincula al bienestar social, a la ausencia de limitaciones materiales que impiden al ser humano desarrollarse como agente moral. Bienestar social es acceso a salud, educación, alimentación, recreación, participación social y trascendencia.
Pese a los tratamientos sociales y políticos la felicidad tiene una dimensión personal que no necesariamente es riqueza o bienestar material.
Para Kant la felicidad es un deber. Como principio ético, la felicidad se enfoca en el sentido de la vida. En encontrar, desde la responsabilidad, el valor de la propia existencia, independientemente de cualquier circunstancia porque cada experiencia se vive como aprendizaje. El papa Francisco afirma que ser feliz no es una fatalidad del destino, sino una conquista para quien sabe viajar para adentro de su propio ser dejando de ser víctima.
Si partimos de que la felicidad es sentido de la vida, en la sociedad en que vivimos, hay riesgos evidentes para este estado existencial.
Zygmunt Bauman nos habla de la vida de consumo que, amplificada por la era digital, convierte al ser humano en una pieza del engranaje del poder material y las apariencias. Si se fundamenta la felicidad en las cosas, la fama o el poder, cuando estos se pierden la vida queda vacía y vulnerable.