¿Para qué más odio e intolerancia?

José Mármol
José Mármol

El ultranacionalismo constituye la más retrógrada y reaccionaria postura ideológico-política en estos tiempos nuestros, que Beck denominó de la modernidad reflexiva o sociedad del riesgo global.

Si bien fue útil para el siglo XIX y parte del XX la idea de Renan según la cual una nación es, además de un plebiscito diario, el resultado de un grupo humano que comparte características comunes, que van desde el territorio, la etnia, la lengua, las creencias, entre otros, junto a la vocación de haber hecho grandes cosas unidos y, sobre todo, de desear continuar haciéndolas, no lo es menos el hecho de que en la era del capitalismo ligero, volátil, electrónico -que dejó atrás el pesado industrial o fordista-, en la era de la modernidad líquida consumista, una nación ya no es meramente ni un Estado territorial, ni un espacio cercado por fronteras físicas o muros, ni una sola lengua, etnia o creencias; que una nación no se define por criterios raciales o rasgos semejantes y fijos, sino, por las diferencias de múltiples identidades y por ambigüedades que antes que fijarse están emplazadas a construirse permanente y fugazmente; que los problemas económicos, políticos y sociales no son endógenos, sino, de carácter, impacto, definición y control globales; y lo peor, que no hay soluciones locales para problemas de orden global.

Los ultranacionalistas, que asumiendo a su modo a Renan, admirado a la vez por Anatole France y por Mussolini, pero, yéndose más, penosamente, hacia el segundo, se han aparcado en el chauvinismo más rancio, ese que se alimenta de la promoción del odio, la cerrazón y la intolerancia a diestra y siniestra; ese que promueve la xenofobia, la superioridad cultural, las hogueras vandálicas de libros (se quemaron libros de Mario Vargas Llosa en Santiago), entre otras aberraciones dogmáticas, no quieren entender la nueva realidad de la sociedad, la cultura, la nación y el Estado.

Tampoco asumen las identidades esquivas, difusas y cambiantes de los sujetos de la posmodernidad. Su afán histórico por el odio les ha cegado y entorpecido; les aniquila la adopción del sentido del disenso, tan palpablemente necesario en una sociedad cada vez más abierta, de signos socioculturales polisémicos y laboriosamente democrática.

Que producto de una sentencia del Tribunal Constitucional jurídicamente polémica el Nobel de 2010, Mario Vargas Llosa, en ocasiones exaltador de las virtudes de la dominicanidad, y autor de “La fiesta del chivo” (2000), novela de denuncia histórica y social, que colocó favorablemente al país en el centro del crisol cultural mundial; porque el escritor afirmara en un artículo periodístico de 2013, que la sentencia TC/0168/13 “es una aberración jurídica y parece inspirada en las famosas leyes hitlerianas de los años treinta” mediante las cuales los jueces del nazismo despojaron a millones de judíos de su nacionalidad alemana, no le hace merecedor de actitudes, epítetos y desconsideraciones, a veces delirantes, que colocan a sus detentores en los mismos sillones morales de aquellos jueces del horror.

El artículo, además, reconoce bondades nuestras con respecto a Haití y nuestro desarrollo democrático. El símil –escribió “parece”- no atenta contra la libre determinación de nuestras leyes.

Al otorgar el Premio Pedro Henríquez Ureña 2016, desde el Estado mismo y su cartera cultural, al Nobel de origen peruano y víctima de un despojo ideológicamente animado de su nacionalidad, el país se coloca por encima de las circunstancias que rodearon aquel artículo, que se sumó a una andanada de críticas nacionales e internacionales que hubiésemos deseado evitar, y reconoce los aportes del escritor a nuestra lengua y cultura, hoy mundializadas. ¿Para qué más odio, ofensa e intolerancia?