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“¿Para cuándo el hijo?”: la pregunta que parece inocente pero daña la salud mental

  • Comentarios sobre matrimonio, hijos, edad o éxito pueden generar ansiedad y resentimiento. Una psicóloga explica cómo enfrentarlos
  • La psicóloga Astrid Machado analiza por qué estos comentarios afectan más de lo que imaginamos y cómo poner límites sanos

Santo Domingo.- “¿Y el hijo para cuándo?”, “Se te está haciendo tarde”, “¿Por qué no te has casado?”, “Dios lo quiso así”. Frases que se pronuncian casi en automático, muchas veces sin intención de herir, pero que pueden dejar marcas profundas en quien las recibe.

La psicóloga clínica Astrid Machado, advierte que los comentarios aparentemente inocentes pueden tener un impacto significativo en la salud mental, especialmente cuando tocan áreas sensibles como la maternidad, la soltería, la edad o las metas personales.

“Es muy incómodo tener un momento en donde hay que justificar algo que ni siquiera se sabe cómo justificar”, dijo Machado al Periódico El Día.

“El problema no es solo la pregunta, sino la implicación que tiene para la persona que la recibe”.

La psicóloga clínica Astrid Machado.

Cuando la presión social se disfraza de conversación

En muchas culturas latinoamericanas, cuestionar decisiones personales forma parte de la dinámica social. Sin embargo, lo que para uno puede ser una simple curiosidad, para otro puede representar una herida abierta.

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Machado comparte un ejemplo frecuente: “Cuando dicen ‘¿Y por qué no te has casado?’ y luego te casas y preguntan ‘¿Y por qué no tienes el primer hijo?’ y después ‘¿Y el segundo?’ Es un cuestionamiento constante”.

La especialista e salud mental señala que, en la mayoría de los casos, estas preguntas no se hacen desde la maldad, sino desde la ignorancia.

“No reconocemos el impacto que puede tener en esa otra persona el cuestionarle este tipo de cosas. Y lamentablemente, en nuestra cultura, hacer ese tipo de comentarios no siempre está mal visto”.

El problema es que quien recibe la pregunta rara vez expresa su incomodidad. “Usualmente el que recibió ese comentario no le dice al otro ‘mira, eso me hizo sentir incómoda’. Eso no se dice, eso se queda ahí”, afirma.

¿Somos un número?

Otro punto abordado en la conversación fue la presión relacionada con la edad y las expectativas de vida: los 30 para casarse, los 40 para estabilizarse económicamente, los 50 para redefinir la pareja.

“¿Somos un número?”, surge como pregunta inevitable.

La respuesta de Machado es clara: “No, no es que somos un número. Tener expectativas altas no importa la edad. Lo que está mal es llegar al irrealismo”.

La psicóloga advierte que muchas personas establecen listas rígidas de requisitos para pareja, empleo o estilo de vida que, lejos de protegerlas, terminan saboteándolas.

“Mientras más criterios yo tenga que esta persona debe cumplir sí o sí, más probable es que esté saboteando mi propio proceso de relacionarme y crecer”.

Metas sobrevaloradas y autoengaño

Las metas sobrevaluadas, explica, pueden convertirse en una trampa psicológica. “A veces ni siquiera estamos listos para lo que estamos pidiendo”.

Cuando los estándares son inalcanzables, pueden funcionar como una forma inconsciente de evitar el compromiso o el cambio. “Mientras más inalcanzable lo pongo, es menos probable que llegue, y entonces puedo mantener mi discurso de que no hay hombres, no hay mujeres, que la vida es difícil”.

En ese sentido, los estándares pueden convertirse en un mecanismo de defensa que refuerza creencias negativas previas.

“Si tienes en tu cabeza que la gente no sirve, vas a comenzar a ponerte reglas para que eso sea verdad”, explica. “No es que no existan personas valiosas, es que no estás listo para verlas con todos los estándares que tienes en la mente”.

El dolor que no se ve

Uno de los ejemplos más reveladores es el de mujeres que atraviesan procesos de fertilidad en silencio mientras reciben preguntas constantes sobre la maternidad.

“Cada vez que alguien me hacía esa pregunta, ¿tú no te imaginas el efecto que eso tenía en mí?”, relata Machado al compartir una experiencia personal. “Aunque yo no se lo demostraba a la otra persona”.

Para la psicóloga, ahí radica el verdadero problema, la ausencia de comunicación posterior.

“El otro no sabe cómo eso te afectó. No hay una conversación que trascienda después de ahí”.

Ese silencio, explica, termina alimentando una forma de comunicación dañina que se perpetúa en el tiempo.

“Si nadie lo corrige, no tienes razones para dejar de hacerlo”.

Conversaciones incómodas que salvan relaciones

Machado plantea que la solución no es el resentimiento silencioso, sino la conversación honesta.

“Si una relación de verdad es valiosa para ti, tú vas a encontrar la forma de estar emocionalmente disponible para tener una conversación incómoda”, señala.

“Decirle al otro: ‘Mira, este tema es muy delicado y personal para mí. Te pido, por favor, que no me lo vuelvas a mencionar’”.

Para la especialista, establecer límites no es un acto de confrontación, sino de amor propio y de cuidado hacia la relación.

“Si no te hago saber que ese comentario me hirió, entonces voy a dejar que el resentimiento crezca. Y eso termina dañando el vínculo”.

El silencio también comunica en el duelo

Las preguntas incómodas no se limitan a la vida sentimental o reproductiva. También aparecen en momentos de pérdida.

En velatorios o funerales, frases como “¿De qué murió?” o “Dios lo quiso así” pueden resultar invasivas y poco empáticas.

“No hay necesidad de decir algo”, afirma Machado.

“Socialmente creemos que tenemos que hablar, pero eso no es cierto. A veces un simple abrazo o una mano en el hombro es suficiente”.

En situaciones de duelo, explica, la persona está intentando procesar una pérdida profunda. Añadir explicaciones religiosas o teorías médicas solo incrementa la carga emocional.

“Lo único que está haciendo ese comentario es añadir más peso a algo que en ese momento no se puede digerir”.

El rol de la educación emocional

Machado destaca el papel de los medios de comunicación en la construcción de una cultura más empática.

“Uno de los principales roles que tienen los medios es educar”.

Educar, en este caso, implica cuestionar prácticas sociales normalizadas que pueden afectar la salud mental colectiva.

Preguntar menos y escuchar más. Opinar menos y acompañar más. Entender que detrás de cada decisión personal puede haber una historia que no conocemos.

“Hay temas que son muy delicados y personales. No todo se pregunta. No todo se comenta”, concluye.

Porque, aunque muchas preguntas se hagan desde la inocencia, el impacto emocional no siempre es inocente. Y aprender a comunicarnos con mayor sensibilidad podría ser uno de los pasos más importantes para cuidar nuestra salud mental y la de quienes nos rodean.

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Periodista egresada de la Universidad O&M, apasionada por escribir sobre niñez, salud e historias humanas. Combina su amor por el periodismo con su afición por los deportes. Madre de dos niños, lo que le aporta una perspectiva cercana y sensible en sus reportajes.

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