Papa Francisco: nueva ecología

José Mármol
José Mármol

El economista y ambientalista chileno Artur Manfred Max Neef afirmó: “No es posible resolver un problema utilizando el mismo lenguaje que dio origen al problema”.

Consciente de la veracidad de ese aserto epistemológico, Su Santidad Francisco lo aplica en toda su profundidad al concebir su Carta Encíclica “Laudato Si´.

Sobre el Cuidado de la Casa Común”, la llamada “La encíclica verde”, dada a conocer en mayo de este año. En este documento pontificio, el Sumo Pontífice latinoamericano aborda, desde un nuevo lenguaje la problemática de la relación del ser humano y la sociedad con la tierra, nuestra “casa común”, “la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba”, al decir de su guía espiritual, san Francisco de Asís, en su “Cántico de las criaturas”.

El papa Francisco procura analizar la situación y el curso actuales de la humanidad, a partir de las “grietas” observables en nuestro planeta como expresión de la degradación ambiental, que tiene en las acciones de los habitantes, demasiado inclinados al individualismo rampante, y de la sociedad consumista a sus agentes causales.

Esta situación exige un urgente “cambio de rumbo”, no solo por las presentes generaciones, sino, además, por el porvenir de la humanidad.

Esta encíclica medioambiental, que empieza por reconocer los aportes en este terreno de mensajes pontificios anteriores de los papas Juan XXIII, Paulo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, se articula, no obstante, sobre un lenguaje nuevo, que permite al Sumo Pontífice ser realista a partir de una nueva realidad, como en su momento planteó Ilya Prigogine sobre su nueva visión de la física clásica y la dinámica, en función de paradigmas conceptuales que permitieron una rearticulación creativa y armónica del hombre y la naturaleza.

Esa nueva realidad es la era posmoderna, caracterizada por crisis económicas, consumismo excesivo, pérdida de los vínculos solidarios, profunda desigualdad social, individualismo trepidante, ausencia de compromiso humano y de paradigmas éticos en los liderazgos políticos y la conducción de los Estados, entre otros antivalores que se resumen en la afición delirante del individuo posmoderno por convertir su entorno, incluyendo a sus semejantes, en meros objetos “de uso y de dominio”, para su particular beneficio mercurial.

El llamado papal apela a la búsqueda consensuada de un desarrollo “sostenible” e “integral”, cuyo propósito abarca, en función de un sentido humano de la ecología, la necesidad de comprender la “íntima relación” entre la pobreza y la fragilidad del planeta; la visión sistémica o interconectada de los problemas; la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología en oposición al trabajo del hombre; la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso; el valor insustituible de cada persona; la impostergable responsabilidad de las políticas locales y globales; el rechazo a la cultura del descarte y la búsqueda incesante de un estilo de vida nuevo, menos inhumano, y que se aparte de convertir la tierra en “un inmenso depósito de porquería”.

En ese tenor, el papa Pancho nos habla del clima como un bien común, del agua potable como un derecho fundamental de los pobres, de contaminación espacial urbana, de pérdida de identidad como degradación individual, de deuda ecológica generada por los países ricos en perjuicio de los países pobres, de globalización de la indiferencia, de paradigmas tecnocráticos dominantes, de desmesura antropocéntrica, de capital social, de desarraigo en la identidad cultural, y todo ello para fundamentar lo que denomina una “ecología integral”. He ahí la semilla germinal de su legado.