Palo si bogas…
Bogar es un verbo casi en desuso. Significa remar en una embarcación usualmente marina, en cuyas galeras esclavos o prisioneros de guerra o delincuentes realizaban la ardua tarea de impulsar grandes y pesados barcos cuando la brisa no llenaba sus velas.
Los capitostes encargados de coordinar la velocidad empleaban palos para golpear a los engrillados remeros si iban muy lenta o rápidamente, para apurarlos o acompasarlos.
Si descansaban, para castigar su extenuación que llamaban pereza. Les daban golpes indistintamente y al desfallecer los tiraban por la borda. Así surgió el dicho “palo si bogas y palo si no bogas”. Algo similar ocurre entre una parte de los llamados líderes de opinión y el Gobierno.
Ante alguna urgencia, como la Ley 30-26 para recaudar más impuestos, simplificar la tributación, estimular las mipymes y mitigar los efectos de la guerra en Irán, si el Poder Ejecutivo demuestra liderazgo decisivo para su expedita aprobación y promulgación, lo denotan alegando exceso presidencial.
Si en vez de alinear previamente un claro consenso, distinto a la anterior fracasada reforma fiscal, promueve una prolongada discusión pública, lo acusarían nueva vez de titubear o ceder ante la presión de la prensa y las redes sociales, fácilmente manipulables por una oposición carente de votos o legítima mayoría congresual.
Los habituales criticones dan palo si boga y si no también, pero sólo al presidente Abinader (que no es candidato para 2028) sin reparar en la irresponsabilidad de remeros-legisladores (especialmente los de la oposición) que no revisan qué se aprueba, más atentos a lo suyo que al curso de la nave del Estado.
Así, por ejemplo, ni cuenta se dan de que el artículo 55 de la ley que aprobaron al vapor dice que modifica una ley de 1950 y otra de 1961, derogadas y sustituidas por la reciente ley No. 82-25 sobre bienes de familia.
La pifia original quizás fue de los redactores, pero la obligación constitucional del fiscalizar y revisar es del Congreso. Con mayor candela no se cuece más rápido sino que se achicharra.
La decisiva presteza presidencial para cumplir sus deberes demuestra aprovechamiento de experiencias pasadas; la recidiva disparatosa congresual obliga a pensar serenamente en el 2028 y sus consecuencias.