Palabra y poder

José Mármol
José Mármol

No son equivalentes las expresiones palabra del poder y poder de la palabra. Tampoco se trata de un capcioso juego de frases. Hay una diferencia abismal entre un argumento sustentado en la palabra del poder y otro que se enarbola desde el poder de la palabra.

En una perspectiva nietzscheana se podría afirmar que la palabra del poder encarna la energía de una fuerza reactiva o negativa, una condición de dominio u opresión.

Mientras que el poder de la palabra conlleva la carga simbólica y concreta de una fuerza activa, afirmativa de la vida y la libertad.

La palabra del poder pretende aniquilar la razón, controlar la voluntad, ejercer dominio sobre el instinto libertario del individuo. Aspira a condicionar el espíritu de la ley a su capricho o su propósito coyuntural, particular y demasiadas veces mercurial.

El lenguaje del poder se asume como ente omnímodo y perpetuo. Presume de incontrovertible, incontrastable e irrefutable. La palabra del poder se arroga el sentido absoluto de la autoridad, porque carece legítimamente de ella y tiene que construírsela con el uso de la fuerza. La palabra del poder es tozuda.

La torpeza intrínseca de su modus operandi se manifiesta en forma de crueldad, en cuya ejecución suele emplear aquellos mecanismos que el filósofo Althusser llamó aparatos represivos e ideológicos del Estado. Pero la capacidad reactiva de la palabra del poder y su ceguera irracional no sólo operan en la esfera de lo público o en la macrosociedad.

También lo hacen en la esfera de lo privado, en el espacio familiar, en el ámbito laboral, incluso, en la dinámica de la relación íntima de una pareja, en la microsociedad. La palabra del poder aspira a permearlo todo, porque su savia venenosa conecta con el impulso natural de la maldad, con el mítico instinto adámico de violencia y muerte.

La palabra del poder se hace repulsiva y su mayor vigencia la gana cuando ha derrotado, por la brutalidad y el escarnio, al imperio de la razón. Cuando aniquila la vida y la libertad. El de las ideologías radicales instauradas en los poderes fácticos, especialmente en el Estado, es un claro ejemplo de la orgía de soberbia y cerrazón en que se mueve la palabra del poder.

Queda manifiesta cuando se pretende, en un estado de derecho democrático, suprimir los conflictos sociales inherentes a la democracia misma. Si esa perversión tiene lugar, entonces, la sociedad se coloca al borde del autoritarismo.

El poder de la palabra, en cambio, lleva implícitos el sentido de la vida y la fuerza motriz activa de la libertad y la razón. El poder de la palabra es lúcido, incluyente y armónico, tolerante y versátil.

El poder de la palabra es polisémico, abierto, opuesto a la univocidad, la arbitrariedad o la imposición. Como en “El Principito”, de Saint-Exupéry, la autoridad del poder de la palabra deriva de la razón y en la razón radica. Porque, de acuerdo con el papa Francisco, autoridad viene de “augere”, que quiere decir, “hacer crecer”.

Tiene verdadera autoridad aquel capaz de crear un espacio de crecimiento. El poder de la palabra irradia luz. La palabra del poder se nutre de tinieblas. El poder de la palabra irriga los espacios de sensibilidad y belleza, como en la poesía y las artes auténticas; o bien de ingeniosidad, raciocinio e inteligencia, como en la filosofía, el derecho y todo el pensamiento humanístico.

Cultivemos la virtud del poder de la palabra, para que, desde su propia fortaleza, raciocinio y lucidez podamos combatir eficazmente la vocación autoritaria e irracional de la palabra del poder.